LITERATURA Y SOCIEDAD

Manuel Puig: cronología[i]

Manuel Puig: cronología[i]

por Jorge Panesi, Graciela Goldchluk y Julia Romero

Incluida en el volumen de la edición crítica de El beso de la mujer araña

1932. Manuel Puig nace el 28 de diciembre en General Villegas, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, Argentina. Sus padres: Baldomero Puig (nacido también en General Villegas), de profesión comerciante, y María Elena Delledonne, universitaria graduada en la Universidad de La Plata (obtuvo su primer trabajo como Farmacéutica en el Hospital de General Villegas).

1936. La memoria familiar registra que Manuel Puig vio por primera vez una película desde la cabina de proyección de un cine junto a su padre. Aquella primer película era La novia de Frankestein, con Boris Karloff y Elsa Lauchester. A partir de entonces va casi todos los días al único cine del pueblo (las películas se renovaban diariamente y en su mayoría eran producciones americanas). Películas favoritas: las musicales de Rogers, de Eleanor Powell, y El gran Ziegfeld. Estrellas preferidas: Rainer, Dietrich, Garbo.

1940. Comienza la escuela primaria en General Villegas. Rápidamente se convierte en el mejor alumno de su clase.

1942. Comienza a estudiar inglés, el lenguaje de sus películas (“Con esas lecciones creí que ya tenía un pie en Hollywood; en realidad, estaba a doce horas de tren de Buenos Aires”). Las favoritas: Rebecca, Gone With The Wind, Blossoms in the Dust (“la única película musical de los cuarenta que me gustó fue Ziegfeld Girl”). Las estrellas preferidas: Garson, Rogers (“los únicos actores que me caían simpáticos eran Tyrone Power y Robert Taylor. La vida era estupenda. En la escuela era el mejor alumno, y luego, a la tarde, tenía aquellos maravillosos films”).

1943. Muere su hermano menor, un bebé de pocos meses. (“Un muchacho de quince años trató de violarme. Yo tenía diez. Fin del paraíso. Durante tres años dejé de crecer físicamente”).

1946. Completa los estudios primarios. Viaja a Buenos Aires para iniciar el colegio secundario como alumno pupilo. El ambiente del colegio le desagrada: los compañeros son crueles, extraña mucho a su madre. El único consuelo es el cine, las matinés dominicales en las salas “de estreno”. Descubre a Freud a través de la película Spellbound (“un descubrimiento sensacional”)

1947. En el colegio se hace amigo de un muchacho judío. Cuando discuten Spellbound, Manuel, con el orgullo intelectual herido, comprueba que su amigo conoce casi todo sobre Freud (“ser el mejor alumno no significaba tanto como yo pensaba. Esto me cambió: dejé las lecciones de lado y comencé a leer otras cosas”). Hasta entonces había leído las grandes novelas clásicas en adaptaciones abreviadas para niños. La primer novela no adaptada que lee es Sinfonía pastoral de André Gide. (“Por esos tiempos los autores que se leían en Buenos Aires eran Hesse, Huxley, Sartre. Los leí a todos y también ensayos de psicología”). Por influencia de ese mismo amigo comienza a ver cine europeo (“era reacio a ver películas que no tuvieran estrellas -mis favoritas de entonces eran Ingrid Bergman, Crawford, y siempre, Hayworth-“). El deslumbramiento que experimenta por Quai des Orfevres, el policial de Clouzot, le despierta deseos de convertirse en director de cine. Para lograrlo se traza un plan meticuloso (“Primer paso: estudiar francés, inglés e italiano, las lenguas del cine”).

1950. Concluye los estudios secundarios. Sin relaciones con la industria cinematográfica nacional, se siente imposibilitado de entrar al medio. La familia lo insta a seguir una carrera universitaria, por lo que se inscribe en la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires. (“Perón prohibió la importación de películas extranjeras. Desesperación”).

1951. Abandona la carrera de Arquitectura y se inscribe en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Con mucho entusiasmo comienza a estudiar “las lenguas del cine”. Asiste al rodaje de una película argentina.

1953. Servicio militar obligatorio en la Fuerza Aérea, donde le asignan tareas de traductor (“un año espantoso”). Obtiene un diploma en Lengua y Literatura Francesa y otro en Lengua Inglesa.

1955. Obtiene un Diploma en Lengua y Literatura italiana. Le otorgan una beca como mejor alumno de su promoción para viajar a Italia. (“La Filosofía nunca me había interesado realmente...Sabia francés, inglés e italiano bastante bien. Estaba seguro de tener éxito en las películas europeas. Pensé que Argentina quedaba atrás para siempre”.

1956. En Roma, inicia estudios en el Centro Sperimentale de Cinematografia que dirige Cesare Zavattini. Se siente desencantado porque allí no existía otra cosa que el neorrealismo. No llega a completar el primer año. Trata de conseguir trabajo en Cinecittà, pero solamente le permitan observar el rodaje de algunos directores importantes como Blasetti, De Sica, Visconti, Rossellini. Lo mismo le ocurre en París (“Carecía de conexiones, no conocía a nadie. La industria cinematográfica europea me rechazaba; las películas americanas no me gustaban. ¿Qué quedó de lo que era sagrado? Memorias de las películas infantiles. Allí busqué refugio”).

1958. Se traslada a Londres. Se gana la vida dando lecciones de español e italiano y como lavacopas en un restaurante. Escribe su primer guión en “broken English”, Ball Cancelled (según el jucio de Puig, una mezcla de Cumbres borrascosas con pinceladas modernas de Té y simpatía). Lo escribe para Vivien Leigh (“no la conocia entonces, pero lo que me entusiasmaba de las películas era copiar, no crear”).

1959. En Estocolmo. Trabaja como lavacopas y escribe su segundo guión en inglés, Summer Indoors, que traslada al castellano (Verano entre paredes): una comedia romántica con elementos de melodrama hollywoodense que transcurre en la ciudad de Lucerna.

1960. Retorno a la Argentina. Trabaja como asistente de dirección en tres películas nacionales. Escribe La tajada, su primer guión en español: un episodio de los comienzos de era peronista ambientado en la ciudad de Buenos Aires (“la objeción general fue que yo no conocía bien el tema”).

1961. De vuelta en Roma, con un trabajo en el cine que termina pronto (“Todavía peor, descubrí que odiaba trabajar en un equipo de filmación”). Pierde el entusiasmo por la carrera de director o guionista de cine.

1962. En Roma comienza la escritura de su primer novela, La traición de Rita Hayworth. (“Roma. Sin trabajo en cine, otra vez haciendo traducciones, cualquier cosa. Hacia fin de año cumpliría treinta años. Crisis. Pensé un nuevo guión en español, además basado en algo que yo mismo había experimentado. Pensé en un primo mío de Villegas, que vivía con mi familia, allá por los años cuarenta, y sus romances de adolescente. Para poner distancia con ese material autobiográfico planeé escribir una descripción (para mi uso exclusivo) de cada protagonista. Quería verlos más claramente antes de escribir el guión. Pero no sabía cómo escribir esa descripción. De repente pude oír casi claramente la voz de una tía mía. Pude recordar exactamente lo que había dicho veinte años atrás y tomé nota de ello. La descripción de mi tía, que debía ocupar una página, ¡ocupó veinticinco!, escritas casi sin pensar, como dictadas. Era todo en primera persona, y ya no había duda, a partir del segundo día, de que se trataba de una novela”

1963. Viaja como inmigrante a Nueva York y consigue un empleo que le deja tiempo suficiente para escribir la novela. Es empleado de la compañía Air France en el Aeropuerto de Idlewild. (“La novela se había convertido en la historia de mi infancia, de las razones que me habían llevado al fracaso: a los treinta años no tenía carrera, dinero ni vocación, puesto que el cine ya no me interesaba más. Pero contrariamente a lo que han querido ver algunos críticos, mi relato no es un ataque contra la alienación del cine, sino contra todo aquello que me hizo refugiar en él, es decir, ese medio machista y prepotente en que un fuerte explota a un débil con el aplauso de todos. Buscando las razones de mi fracaso, había encontrado la actividad que se avenía a mi carácter: escribir. era perfecto para mí: podía trabajar con tranquilidad, permitirme todas las dudas, corregir al infinito. Del 62 al 65 pasé los mejores años de mi vida, escribiendo sin pensar en agradar a una estrella, o a un director...”).

1965. En febrero termina La traición de Rita Hayworth y se toma unas vacaciones en Tahití gracias a un pasaje para empleados de Air France. En diciembre la novela resulta finalista en el Concurso Biblioteca Breve de la editorial Seix-Barral. Firma un contrato de publicación con Seix-Barral, pero surgen problemas de censura.

1966. La editorial francesa Gallimard tomó la novela para traducir aun sin estar publicada (“un toque de glamour que me ayudó a sobrellevar tres años de frustraciones editoriales”). Trabaja en un proyecto que queda inconcluso, Humedad relativa 95 % (las reacciones de un padre frente a su hijo).

1967. Retorno a la Argentina. En Buenos Aires firma un contrato con la editorial Sudamericana para publicar La traición de Rita Hayworth, pero la edición se frustra porque un linotipista advirtió “obscenidades” que podían acarrear problemas con la censura (la del régimen militar del dictador Onganía). Comienza su segunda novela Boquitas pintadas para ser publicada por entregas en una revista. En diciembre la revista analizó los primeros tres capítulos y decidió no publicarla.

1968. Finalmente la editorial Jorge Álvarez publica La traición de Rita Hayworth. (“Los críticos se mostraron tibios. Después de más de tres años de espera, fue una gran desilusión”).

1969. La editorial Gallimard publica la traducción francesa de La traición de Rita Hayworth, y en su balance anual de junio el diario Le Monde la selecciona como una de las mejores novelas de 1968-1969. En septiembre, la editorial Sudamericana de Buenos Aires publica el folletín Boquitas pintadas, que se convierte rápidamente en un best-seller. También La traición de Rita Hayworth se convierte en otro éxito. El dinero recibido le da un respiro que le permite comenzar una nueva novela, The Buenos Aires Affair (“una especie de thriller”)

1971. Primera traducción al inglés de una novela de Puig, Betrayed by Rita Hayworth. Las traducciones portuguesa e italiana de Boquitas Pintadas aparecen en las listas de los mejores libros del año. En Italia se venden 80.000 ejemplares. The New York Times selecciona La traición... como una de las mejores novelas de 1971.

1973. La editorial Sudamericana publica en abril su tercer novela The Buenos Aires affair: la censura secuestra la edición. En Nueva York: aparece Heartbreak Tango (Boquitas pintadas). Se entrevista con presos políticos (liberados en mayo por el gobierno peronista de Héctor Cámpora) para elaborar El beso de la mujer araña. El director argentino Leopoldo Torre Nilsson decide llevar al cine Boquitas pintadas y le ofrece la adaptación (“El resultado fue curioso; el film tiene aspectos válidos, derivados sobre todo de la visión que Toire Nilsson tuvo de los personajes, mucho más severa, menos conciliadora que la mía”). La situación política argentina (la renuncia de Cámpora para permitir que Perón e Isabel Perón llegasen al poder) lo obliga a exiliarse en México.

1974. Reside en México. La película de Torre Nilsson Boquitas pintadas recibe en el Festival de San Sebastián un premio al mejor guión. Comienza la redacción de El beso de la mujer araña. Escribe una comedia musical, Amor del bueno, para la cantante mexicana Lucha Villa: no llega a representarse. En colaboración escribe para televisión Muestras gratis de cosméticos, una adaptación del capítulo IV de La traición...

1975. Escribe una comedia musical ambientada en México de los años cincuenta, Muy señor mío, anunciada para 1976 con la dirección de Nancy Cárdenas y protagonizada por Carmen Salinas, que no llega a estrenarse. En agosto, en el Excelsior de México aparece una respuesta a las críticas recibidas por The Buenos Aires Affair (“Los nuevos misterios de París”).

1976. Se instala en New York, en el Village. En julio, Seix Barral publica El beso de la mujer araña. La novela es prohibida por la recientemente instalada dictadura militar. Para el director mexicano Arturo Ripstein escribe el guión cinematográfico de la novela El lugar sin límites de José Donoso. En julio, Seix Barral publica El beso de la mujer araña. La novela es prohibida por la recientemente instalada dictadura militar.

1977. Para el productor Manuel Barbachano Ponce, Puig adapta El impostor, un relato de la escritora argentina Silvina Ocampo. La película de Ripstein (El otro) introduce muchos cambios en el guión (“nada de esto ocurre en la literatura, donde el autor tiene un control total sobre la propia obra”). Comienza a escribir en inglés Maldición eterna a quien lea estas páginas.

1978. También para Barbachano Ponce escribe el guión Recuerdo de Tijuana, que nunca llega a filmarse. Escribe un espectáculo musical, Pilón, basado en canciones folklóricas venezolanas. Aparecen artículos suyos en la revista española Bazaar (“Estertores de una década”). Su adaptación de El lugar sin límites de José Donoso gana en el Festival de San Sebastíán el premio al mejor guión.

1979. En marzo, Seix Barral publica Pubis angelical, su quinta novela. Escribe para el cine una comedia de enredos, Urge marido.

1980. Se traslada a Brasil y reside en Río de Janeiro. Seix Barral publica su novela Maldición eterna a quien lea estas páginas. En la Editorial La Rosa de Turín aparecen con prólogo suyo dos guiones: Límpostore-Ricordo di Tijuana. Para el teatro adapta en portugués El beso de la mujer araña.

1981. Se estrena en en la sala Escalante de la Diputación de Valencia, el 18 de abril El beso de la mujer araña, una adaptación hispanizada de la novela preparada por Puig (luego representada en Alicante y en el Teatro Martín de Madrid). Este año también se representan las versiones italiana y sueca de El beso... en Roma y en Estocolmo. La novela El beso... aparece en Suecia, y se traduce al italiano Maldición eterna...Comienza a escribir Sangre de amor correspondido. Viajes: a Alemania, donde dicta conferencias (Universidades de Berlín, de Hamburgo, Göttingem, Frankfurt); a Caracas (conferencias sobre cine y literatura); a los Estados Unidos (conferencias y talleres literarios en las Universidades de Berkeley, Sacramento y Stanford).

1982. Se publica en Seix Barral la novela Sangre de amor correspondido (también aparece en este año la versión brasileña) . El 20 de agosto se estrena su obra teatral Bajo un manto de estrellas, en el Teatro Ipanema de Río de Janeiro (“El tema principal de Un manto de estrellas es la mirada de los otros”). El director argentino Raúl de la Torre filma Pubis angelical (“Mi guión fue modificado profundamente en una revisión unilateral hecha por el director, que yo desaprobé en su momento. El sentido político de la novela resultó seriamente comprometido, agregándose incluso un elogio a Evita Perón, personaje que es tiempo de que sea analizado con objetividad. involuntariamente, contribuí a una enésima etapa de su vacua santificación”). Viaja a Francia y dicta conferencias en distintas Universidades: Sorbonne, Orleans y Toulouse. En algunos periódicos aparece la noticia de que habría sido nominado para el Premio Nobel de Literatura.

1983. Seix Barral publica Bajo un manto de estrellas. Realiza un viaje a los Estados Unidos, donde dicta conferencias y talleres literarios en el Washington College y en la Universidad de Pittsburgh.

1984. En New York aparece Blood of Requited Love, la traducción de Sangre de amor correspondido. “Loss of a Readership”: conferencia leída en un encuentro de escritores censurados que organiza la revista Index of Censorship,

1985. Se publica en New York Under a Mantle of Stars, la traducción de la pieza Bajo un manto de estrellas. Se estrena la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña, dirigida por Héctor Babenco e interpretada por William Hurt, Raúl Juliá y Sonia Braga (luego William Hurt gana el premio de la Academia de Hollywood y como mejor actor en Cannes). Escribe el guión cinematográfico Tango Musik (en inglés), ambientado en Buenos Aires a comienzos de siglo. En La cara del villano. Recuerdo de Tijuana que publica Seix Barral, aparece un “Prólogo” con un relato de cómo ingresó a la literatura.

1986. En New York aparece la versión inglesa de Pubis Angelical. Escribe para el productor David Weisman (responsable de la versión cinematográfica de El beso de la mujer araña) The Seven Tropical Sins (en inglés). Trabaja en Cae la noche tropical. En el suplemento del ABC de Madrid (21 de junio) aparece “La voz de una mujer”.

1987. Escribe en español la obra de teatro El misterio del ramo de rosas (“Creo que la vida de los afectos tiene una dinámica propia... La anécdota de Misterio del ramo de rosas excluye todo factor sexual determinante”). Se estrenó en Donmar Warehouse, el 24 de julio, con Brenda Bruce y Gemma Jones. Se publica la traducción italiana Misterio del mazzo di rose, en la editorial Antonio Mondadori de Milán. Recibe el doctorado honorario en la Universidad de Aberdeen.

1988. Seix Barral publica su octava novela, Cae la noche tropical. Escribe en portugués Gardel uma lembrança, una comedia musical ambientada en Buenos Aires hacia 1915, con letras de canciones en español, sobre un episodio imaginario de la vida del cantor argentino Carlos Gardel, . Se publica la traducción de una obra de teatro escrita durante 1982-1985 (Triste golondrina macho), Triste rondine maschio, Einaudi, Torino. Recibe el Premio Nelson Rodriguez en Brasil.

1989. Deja Brasil para instalarse en Cuernavaca, estado de Morelos, México. Previamente, concluye un guión cinematográfico en inglés sobre la vida de Vivaldi en Santa Marinella (Génova, Italia), en una residencia puesta especialmente a su disposición. Registra un proyecto de guión, Claudia Muzio, sobre la vida de la cantante italiana. Versión como comedia musical de El beso... en New York, con la dirección de Harold Prince. Se estrena El misterio del ramo de rosas en Los Ángeles, con Anne Brancroft..

1990. En junio acepta una invitación para visitar durante abril de 1991 la Universidad de Oklahoma, como invitado especial del Thirteenth Puterbaugh Conference on Writers of the French-Speaking and Hispanic World. La revista italiana Chorus publica una serie de relatos, recogidos luego en Milán (1991) como Gli occhi di Greta Garbo. Escribe “El error gay”, donde desarrolla algunas ideas contenidas en “Loss of a readership” (publicado en forma póstuma en un dossier sobre homosexualidad de la revista El Porteño, Buenos Aires, septiembre de 1990). Aparece su prólogo “Premessa dell’autore” a I sette peccati tropicali, Milán, Arnoldo Mondadori, donde reseña su actuación como guionista. Muere en la ciudad de Cuernavaca, México, el 22 de julio, de un paro cardíaco, luego de una intervención quirúrgica en las vías biliares.



[i] Hemos utilizado las notas autobiográficas en forma de cronología que escribió Manuel Puig (“Gowing up at the Movies: a Cronology”) en Review, 72, (Winter 1971-Spring 1972), pp. 49-51, la Cronology aparecida en World Literature Today, el archivo de datos biográficos confeccionado por la familia Puig,, y las notas que recopiló Graciela Goldchluk y Julia Romero sobre el material édito e inédito, Cronología de la producción escrita de Manuel Puig,

Puig por Puig

El error gay



Escrito por Manuel Puig.
Publicado en 'El Porteño',
Buenos Aires, Argentina. 1990.

A la izquierda de la pantalla masculina, durante los años 60 se instaló la identidad gay. Alegre o sufrida, reprimida o liberada, siempre perseguida. ¿Acaso 30 años después sigue ocupando el mismo lugar? Ser más o menos macho es absolutamente intrascendente, opina aquí el escritor Manuel Puig, recientemente fallecido. Aún mas: "Los homosexuales no existen".


La homosexualidad no existe. Es una proyección de la mente reaccionaria. Lamentablemente, creo que en materia de sexo somos casi todos bastante reaccionarios: ¡para nosotros la homosexualidad existe y cómo! Pero nos hacemos ilusiones, igual que los que creíamos en la tierra plana. Me explico: estoy convencido de que el sexo carece absolutamente de significado moral, trascendente.
Aún más, el sexo es la inocencia misma, es un juego inventado por la Creación para darle alegría a la gente. Pero solamente eso: un juego, una actividad de la vida vegetativa como dormir o comer; tan importante como esas funciones, pero carente de peso moral. Banal, moralmente hablando. Por lo tanto la identidad no puede ser definida a partir de características sexuales, ya que se trata de una actividad justamente banal. La homosexualidad no existe. Existen personas que practican actos sexuales con sujetos de su mismo sexo, pero este hecho no debería definirlo porque carece de significado. Lo que es trascendente, y moralmente significativo, en cambio, es la actividad afectiva. Ahora me preguntarán cómo un acto capaz de dar
la vida puede ser considerado banal, no trascendente. Pues bien, creo que hemos pasado ya la Edad de Piedra, y así como hemos aprendido a no comer veneno y a no dormir dentro de la cueva de los lobos, hemos aprendido también a hacer hijos cuando queremos, y no cuando la casualidad lo quiere. En un mundo civilizado debería ser el afecto, el amor, el deseo de traer un ser nuevo al mundo lo que decida un nacimiento. Lo que da la vida, entonces, sería el afecto y no el sexo, y este último sería solamente el instrumento de un impulso puramente afectivo. Parece que el malentendido empezó hace ya muchos siglos por obra de un patriarca que habría
inventado el concepto de pecado sexual, con el fin, entre otras cosas de controlar a las mujeres. El concepto de pecado hizo posible la creación de dos roles diferentes: de mujer, el ángel y la prostituta. Es decir, una sirvienta en casa y una cortesana afuera para divertirse. Y, desde entonces, el 'peso moral' del sexo fue descargado exclusivamente sobre las mujeres, o quien como las mujeres es penetrado, como los llamados homosexuales pasivos.
Extrañamente, alguien un día decidió que la penetración era degradante, vaya uno a saber por qué. El falo tenía para estos extraños moralistas, un sentido colonizador y no de simple cómplice del placer. Que ese peso moral fue siempre descargado sobre la espalda de las mujeres es un hecho ya sabido que no precisa explicaciones, y el lenguaje cotidiano lo confirma continuamente. No recuerdo haber oído decir que un hombre era 'promiscuo' como un factor degradante. Se decía siempre que un varón que tenía actividad sexual con muchas mujeres era un 'homme à femmes', expresión simpática y para nada negativa. En cambio 'mujer promiscua' quería decir una cosa mala.Significaba un desprecio, una condena, una crucifixión, o por lo menos una degradación. Ese adjetivo lograba incluso un efecto perverso: volvía a la mujer 'promiscua' menos deseable sexualmente. Creo que la cumbre de esta operación represiva del lenguaje fue alcanzado por los periodistas norteamericanos que en los años 50 popularizaron el vocablo 'nynphomaniac'. Al principio, la expresión pareció escabrosa pero muy pronto se la adoptó en las primeras planas sin demasiados
escrúpulos. ¿Qué era una 'nynphomaniac'? Una mujer que tenía necesidad de actividad sexual y que osaba buscarla. Eso era todo, si se lo analiza hoy, pero en esa época implica un desdén y un rechazo cercanos al asco físico. El vocablo, en efecto, dejaba entrever otras motivaciones, como posibles disfunciones genéticas e inclusive una sombra de locura. En cambio la contrapartida masculina de la pobre 'nynphomaniac' parece que no existió. Un hombre de buena salud que tenía necesidad de sexo y lo buscaba era llamado 'stallone', una palabra laudatoria y graciosa.
Pero volvamos a la homosexualidad. Desde el momento en que aquel hipotético patriarca creó el concepto del pecado sexual, del sexo como manifestación demoníaca (cuando no neutralizada por ciertos ritos de brujería), se pasó a dar inevitablemente importancia al sexo.Trascendencia, significados ocultos, peso moral: he aquí el malentendido peligroso, porque incluso los menos reaccionarios, al negar el componente demoníaco de la sexualidad entraban en la dialéctica de los grandes significados y terminaban olvidando la característica más determinante del
sexo, que es precisamente su no pertenencia a la esfera moral. Una vez establecido la artificial trascendencia de la vida sexual se volvía importante, significativa, cualquier elección sexual. Y se establecían así los roles sexuales. La mujer iba a tener solamente derecho a ser penetrada y el hombre a penetrar. Y apenas llegado a la pubertad, el ser humano, más bien limitado diría voy a ser objeto sexual, debía descubrir enseguida lo que le gustaba y adoptar en consecuencia el rol correspondiente, para llegar a 'ser'. Vale decir, para lograr una identidad a través
del sexo. Sin esta presión de la sociedad para adoptar una identidad a través del sexo. Sin esta presión de la sociedad para adoptar una máscara sexual ya en tierna edad, la elección sería una operación muy distinta de la que todos nosotros hemos experimentado. La dramática elección entre una cosa y la otra era exasperada además por el hecho de que la masculinidad era identificada con el concepto de dominación y la feminidad con el de sumisión.

De cualquier manera, pienso que es imposible prever un mundo sin represión sexual. Me esfuerzo en imaginar como resultado una gran disminución de la llamada homosexualidad exclusiva y una gigantesca disminución de la llamada heterosexualidad exclusiva. Y nada de esto tendría ninguna importancia: todos estarían demasiado empeñados en su propio goce para preocuparse en contabilizarlo. Por eso, yo admiro y respeto la obra de los grupos de liberación gay, pero veo en ellos el peligro de adoptar, de reivindicar la identidad 'homosexual' como un hecho natural, cuando en cambio no es otra cosa que un producto histórico-cultural, tan represivo como la condición heterosexual. La formación de un gueto más no creo que sea la solución, cuando lo que se busca es la integración. Y por esto me parece necesaria una posición más radical, si bien utópica: abolir inclusive las doscategorías, hetero y homo, para poder finalmente entrar en el ámbito de la sexualidad libre. Pero esto requerirá mucho tiempo. Los daños han sido demasiados. Sexualmente hablando, el mundo es una 'disaster area'. En el próximo siglo muy probablemente nos verán como un rebaño tragicómico de reprimidos; un montón de curas y de monjas sin el hábito, pero disfrazados de grandes pecadores, todos víctimas de nuestras represiones.


Un carracol sin concha


Un Caracol sin concha.

Escrito por Rosa Montero.

Publicado en "El País Semanal", Madrid España,
20.11.1988

Se sienta justamente en el filo de la butaca, como un pajarillo algo torcido, inclinado deferentemente hacia delante como para escucharte y aprenderte mejor. Su amabilidad es delicadísima, entrañable: cuando, en mitad de la entrevista, los altavoces del hotel vocean su nombre, Manuel Puig va y vuelve cruzando el salón a un trote moderado para no hacerte esperar. "Despacio, despacio", le indico con la mano, desde lejos, cuando le veo galopar hacia mi por la moqueta. Pero él no animara el paso y cuando llega al sillón casi jadea. Se siente y suelta una deliciosa sonrisilla de disculpa, aunque no se sabe bien si pide perdón por haber corrido o por no haber corrido lo suficiente. Manuel Puig pertenece a ese tipo de personas que,
cuando sonríen, parece que llevan el corazón entre los labios.


- Acaba usted de publicar 'Cae la noche tropical', su última novela, tras seis años sin escribir narrativa. ¿Que le sucedió? Porque, además, su novela anterior, 'Sangre de amor correspondido', tuvo una acogida bastante mala por parte de la crítica.


M.P.: Sí... Eso creo que no fue muy estimulante... Pero sucedió algo muy curioso. Yo no creí que la crítica me afectase, porque desde que empecé a publicar siempre he tenido problemas. Cuando recién salió 'La traición de Rita Hayworth', más o menos, la opinión unánime era que se trataba de un esfuerzo preliterario. Y después la gente fue cambiando de opinión, y a partir de entonces me ha ocurrido una cosa terrible, y es que han usado el libro anterior contra el que se acaba de publicar. El segundo fue 'Boquitas pintadas', y dijeron: "Ah, tiene cosas interesantes, pero no tiene la profunda humanidad de 'La traición de Rita Hayworth'...". Cuando publiqué 'The Buenos Aires Affair', "Ah, experimentos muy audaces, pero no tiene el interés narrativo de 'Boquitas pintadas'.


-Así que ahora pondrán bien 'Sangre de amor correspondido'.


M.P.: Esperemos, finalmente. Porque fue siempre así. 'Sangre de amor correspondido', que salió en 1982, tuvo una crítica dividida y bastante hostil en muchos casos, y tuvo también la desgracia de salir una pésima traducción en inglés. Era como si el libro estuviese maldito. Cuando de pronto, en el año 1986, me dieron en Italia el premio a la mejor novela extranjera por esel ibro. Bueno, regresé de recoger el premio, volví a Río y me puse a escribir una novela.


-De modo que es verdad que las críticas negativas habían influido.


M.P.: Yo creo que sí, yo creo que habían influido. Y por otro lado, también hubo la influencia, aunque no nefasta, de Pepe Martín y Juan Diego, que en 1980 me convencieron de que adaptase 'El beso de la mujer araña' al teatro, y le tomé el gusto al teatro. Así es que después escribí directamente un par de obras teatrales. Pero desde luego, aquel fracaso me influyó.


-Me asombra que, después de una carrera literaria tan sólida, siga usted siendo tan frágil.


M.P.: Yo creía que no, que no era tan frágil, porque además mis libros nunca tuvieron inconvenientes al principio, y en la séptima yo creo que ya debería haberme acostumbrado y ser más invulnerable; pero... También influyeron otros boicoteos que hubo. En Argentina sucedió una cosa terrible. 'El beso de la mujer araña' no se había publicado nunca allí, y a finales de 1982, cuando ya se estaba retirando la Junta, Seix Barral, mis editores mandaron el libro allá. Y fue boicoteado por la prensa libre. Es decir, ya no había censura de ninguna especie, y el libro no tuvo una sola gacetilla, una sola crítica, una sola reseña. Pero ni siquiera un ataque. Yo nunca me
enteré de por qué pasó eso, en realidad... Y fue muy duro. Inconscientemente, las cosas así te van
cohibiendo.


Su exquisita cortesía podría resultar excesiva si no fuera por la limpia tranquilidad con que se comporta Manuel Puig. No hay en él esa obsequiosidad crispada que obliga al obsequioso a traicionarse, a conceder siempre la razón al oponente, a vender halagos por aprecio. Él, por el contrario, permanece expuesto, se diría que inerme, ofreciéndose tal como es. O al menos, ésa es la impresión que se percibe: pocas veces he conocido personas que aparentaran una sinceridad tan despojada de cosmética.


M.P.: Con 'Sangre'... hubo críticas malintencionadas que decían que el libro era transcripción directa de una cinta grabada. Cuando un crítico quiere molestar es fácil. En 'Maldición eterna'..., por ejemplo, había un personaje que decía banalidades terribles sobre el psicoanálisis. Y un crítico muy malintencionado de aquí, de España, que pertenecía a un periódico importante, citó esas frases como declaraciones mías, lo cual es muy deshonesto, muy grave.


-Durante esos años en los que no escribía, ¿estaba usted preocupado?


M.P.: Sí. Y voy a decirte más. Creí que no escribía más. Pensaba que escribir novelas era mucho trabajo. Creí que era una etapa terminada; y nunca es agradable vivir el fin de algo. Ahora he hablado con la gente de Italia, vi a la persona que me dio aquel premio en 1986 por 'Sangre de amor correspondido', y le dije todo lo que les debía, le conté que gracias a ellos fui capaz de retomar el hilo... Porque te diré más: no es que no escribiera nada, es que en ese tiempo empecé
dos cosas, dos novelas... Y las dejé.



Tiene 56 años, una calva pulcrísima y aspecto de administrativo maduro y algo apocado. O ésa es, al menos, su primera apariencia. Pero luego, a medida que transcurren los minutos, el físico de Puig
comienza a fragmentarse, a complicarse. Primero ésta su piel, tan tostada y bruñida, lujosa piel de los soles tropicales. Pero, sobre todo, ésta la magia transformista de su sonrisa. Saca Puig a pasear su indisciplinado batallón de dientes, todos blanquísimos pero cada uno apuntando hacia una dirección distinta del planeta, y su aspecto se transmuta espectacularmente en otra cosa, como si a su rostro se asomara, por un instante, el joven que Puig en antaño fue, o incluso el que soñó llegar a ser. Y así, cuando ríe, se parece asombrosamente a Tyrone Power, a un satinado galán de cine mudo, Valentino disfrazado de jeque árabe en apoteosis de palmeras de cartón piedra.


-Esa fragilidad ante las críticas de 'Sangre de amor correspondido', su vulnerabilidad ante las opiniones de los demás, supongo que tiene que ver con el peso de la mirada de los otros. El tema de "la mirada que juzga" siempre ha sido importante en sus novelas. Ha dicho usted repetidas veces que nos disfrazamos, que nos ponemos caretas para complacer a los demás, para agradar a los que miran.


M.P.: Lo terrible es que para establecer un contacto, si quieres comunicar con los demás, tienes que
inventar como una especie de personaje que se comunica, que no es el mismo que está metido dentro de ti y por ahí empiezas a creer más en el personaje, te olvidas de la persona y crees en el personaje. Pero muchas veces es simplemente esa necesidad de comunicarse con el medio...


-Por la necesidad de que te quieran.


M.P.: Sí, y entonces te tienes que vender de algún modo, e inventas un código que el otro pueda captar. Y ese código es siempre una simplificación y a veces una desvirtuación, una traición al propio "yo".


-En una entrevista de hace algunos años dijo usted: "Yo tuve que vérmelas con una mirada muy terrible durante años, que, aunque bien intencionada, era equivocadísima: la mirada de mi padre". Entonces, cuando sufría todo el peso de esa mirada paterna, ¿su imagen interior era muy distinta a la exterior?


M.P.: Ah, sí, sí, sí. Bueno, esto es un problema argentino muy grave. Hubo toda una generación de
niños educados para presidentes de la República. Yo creo que era un fenómeno que venía de la reciente inmigración. De pronto, estos campesinos europeos tenían hijos médicos, y si el hijo había sido médico el nieto tenía ser presidente. Se daban pasos agigantados, y había una ambición desmedida, no había límites. No se buscaba la satisfacción, sino cumplir una especie de progresión geométrica. Date cuenta de que, durante la guerra mundial, Argentina era para nosotros el punto más apetecible del mundo. Éramos privilegiados, teníamos paz, teníamos progreso... Y no había límites para la ambición. Nuestros padres miraban a sus hijos esperando no se sabía qué, porque no se podía parar el impulso. Si mi abuelo había sido verdulero y mi mamá había sido química, ¡yo entonces tenía que ser qué!


Cuando recupera la seriedad, a Manuel Puig se le evapora la mágica juventud de su sonrisa y en su
rostro se dibujan los estragos de la melancolía y de la edad, las cicatrices de los sueños que no fueron. Nació Puig en la Pampa argentina, en un pequeño pueblo que él odia cordialmente. Su realidad le resultaba estrecha y asfixiante, y desde muy chico aprendió a evadirse zambulléndose en el mundo luminoso de las películas. Pasó media vida huyendo de sus raíces y de sí mismo; estudió cine en Roma, y empezó escribiendo guiones cinematográficos, en inglés y en el más primoroso estilo hollywoodiense. Vivía en Nueva York cuando al final decidió hacer un guión en castellano y con temas propios de su tierra. Y aquel trabajo se convirtió en "La traición de Rita Hayworth", su primera novela. Manuel Puig tenía entonces 36 años y estaba comenzando a
reencontrarse.


-De joven usted renegaba de todo: del pueblo, de su cultura, incluso del idioma... No le gustaba el
castellano.


M.P.: Sí, claro...Es que como nosotros veíamos las películas en original y con subtítulos,
inconscientemente asocié a la lengua extranjera el mundo maravilloso de las películas. Y no sólo el
mundo de lujo y de situaciones irreales, de canciones, de danzas, sino también el del orden moral, y esto es muy importante. Porque en ese cine, el cine de los años treinta y cuarenta, había códigos muy claros. Y digo bien lo de código, porque las películas estaban regidas por el código Hays, que era la norma censura de Hollywood. El crimen no podía salir triunfante; la virtud tenía que
ser recompensada de algún modo; los malos, llegado su momento, pagaban siempre su maldad... Todo encajaba, ¿entiendes?


-Pero supongo que usted estaba recibiendo el mismo código moral por parte de sus padres.

M.P.: Sí, pero yo veía que en el pueblo había malos respetados. Que lo que en realidad se respetaba era el poder, y no la simpatía o la bondad... Después de aquello tuve muchos problemas con la
'fisique du rol'. Es decir, si había alguna persona buena con cara de malo, me molestaba mucho,
porque en el cine los buenos tienen cara de buenos, y eso era confuso. Y luego también, y eso lo fui
notando con el tiempo, vi que las emociones en el cine eran mucho más fáciles de leer. En la vida real yo notaba cierta incomodidad de la gente dentro de sus roles. Los actores del cine eran mejores que los de la vida: en el mundo real la gente no representaba sus papeles tan ajustadamente como en las películas. Y luego estaban las mujeres, que en el cine tenían su espacio, su personalidad propia, mientras que en el pueblo no eran más que personajes definitivamente secundarios.


-¿No ha vuelto usted a su pueblo?

M.P.: No. Desde los 15 años, que fue cuando me marché, no he regresado.
No sé, se me fui liando la vida. Primero la represión en Argentina que cuando quise darme cuenta ya habían pasado 10 años, y luego, ya viviendo en Brasil, la cosa se complicó porque he tenido que traerme a mis padres, que de repente se habían puesto muy viejos y dependientes económicamente de mí por catástrofe financiera argentina... Mi padre, además, está en condiciones terribles. Hace unos años tuvo una complicación de Parkinson con arteriosclerosis y quedó mentalmente aniquilado. Está con tres enfermeros rotativos. Así es que tenemos tres casas: mi mamá en una, mi papá en otra, porque tiene que estar aislado..., y yo.


-Pero en 40 años podría haber regresado en algún momento siquiera un fin de semana. Se diría que le da miedo volver al pueblo.


M.P.: Mira: nada me produce más curiosidad que mi pueblo... Pero yo quería volver como una mirada sin cuerpo. Como cuando ves una película. Quedar reducido a una mirada, ser un par de ojos, de oídos... Más allá del alcance del dolor. Ir a ver el pueblo como se entra a un cine, pues... Ésa es la película que más quiero ver.


-¿Sería una película de llorar?

M.P.: Seguro... Porque encontraría a todos 40 años más viejos...


-¿Y su vida? ¿Es también una película de llorar? No sé por qué, pero usted da la impresión de ser una persona que ha conocido estrechamente el sufrimiento.


M.P.: No, no. Yo te diría que he tenido una vida muy feliz. He conocido, sí, momentos terribles, pérdidas gravísimas. Pero empezaría todo de nuevo con mucho gusto. Lo que no me gustaría es pasar otra vez la edad, digamos, de los 11 a los 18 o a los 20. Esa edad es terrible. Porque es donde se produce el terrible momento de escoger algo tan espantoso, tan artificial y tan dañino como el rol sexual. Hasta hace poco se creía que los roles sexuales eran mandatos de la naturaleza, que uno había nacido así o asá, y que tenía que ajustarse a ello, aunque el rol no te calzara
demasiado bien. Y yo creo que es por eso que me causa horror. Porque en ese momento de la pubertad tienes dudas de todo, no sabes realmente lo que quieres, pero la presión ambiental te obliga a comprar una de esas mascaritas y a acomodártela sobre la cara.



Ha vivido en Italia, en Francia, en Nueva York y en México, y ahora reside en Río de Janeiro. De su
incesante peregrinar le ha quedado una imprecisa amalgama de acentos y costumbres: habla un extraño castellano de musicalidad ecuménica, y tan pronto pronuncia un "pues claro" estrictamente mexicano come une las puntas de sus dedos en un gesto romano y neorrealista.


M.P.: He llegado a un convencimiento: creo que todoslos planteamientos sobre la sexualidad son
equivocados. La homosexualidad no existe, es una proyección de la mente reaccionaria, y lo mismo la heterosexualidad. Yo creo que lo sexual pertenece totalmente a la vida vegetativa, ésta a la misma altura de la necesidad de nutrición o de dormir. Son tres actividades de la vida vegetativa, está a la
misma altura de la necesidad de nutrición o dormir. Son tres actividades básicas, importantísimas, pero las tres carentes de significado moral, de trascendencia moral. Las tres se agotan en sí mismas.
Lo que sí tiene trascendencia, y es esencial y específicamente humano, es el ámbito de lo afectivo.
Pero el sexo no. Lo malo es que, en algún momento aciago de la humanidad, se cometió el trágico error de adjudicar a lo sexual un significado moral. Es decir, alguien inventó que el sexo podía ser fuente de mugre y de degradación. Penetrando a una señora se la degradaba. Se les podía haber ocurrido que de ese modo se la enaltecía, pero, por desgracia, eso no se le ocurrió a nadie. De modo que el peso moral del séñor lo cargó la mujer. Si un hombre tenía grandes necesidades sexuales era un modelo de salud. Y si una mujer tenía necesidades sexuales incontroladas era ninfómana o, como decían en mi pueblo, tenía fiebre uterina.


- Habla usted en pasado, pero la confusión entre sexo y pecado sigue siendo una realidad.


M.P.: Oh, sí, claro, la situación real sigue siendo mala. Si tú, a los 13 años, tienes un encuentro homosexual que te resultó placentero, ya tienes que quedarte ahí; y si años más tarde te apetece hacer otra cosa, ya va a ser difícil, o más difícil. Y lo mismo si has estado instalado en la heterosexualidad hasta los 30 años y luego se te cruza una cosa diferente. Todo esto produce mucho sufrimiento. Cuando lo sexual es lo intrascendente, y no tendría que preocupar a nadie: hoy es con una señora, y mañana con un señor, y pasado con una cabra o lo que sea...


-Luego esta también el confundir el sexo con el amor.


M.P.: Oh, sí, es una fuente inagotable de confusión.


- ¿Le ha sucedido a usted alguna vez, ha confundido el sexo y el amor?


M.P.: Sí, pues claro, eso constantemente, constantemente. Puedes perpetuar espejismos del
modo más tonto, perder un tiempo horrible... Lo terrible es eso, que la identidad pasa a ser definida por el sexo. Es decir, una banalidad pasa a definir lo esencial.


No es religioso, pero dice creer "en una energía positiva". Tiene un aspecto sedentario, pero es un
aventurero interior, que es la aventura más difícil. Su condición de viajero perpetuo le ha hecho austero y despojado: "No poseo más que unos cuanto libros y unos videos". Así, liviano de vida y de bagaje, está siempre dispuesto a empezar de nuevo en cualquier parte.


-Tengo entendido que, de todos los sitios en los que usted ha vivido, donde peor lo pasó fue en Nueva York.


M.P. Sí; la segunda vez que viví en Nueva York fueron unos años terribles, porque se juntaron muchas cosas. Es cuando escribí 'Maldición eterna a quien lea estas páginas'. Cuando salí de Argentina me fui a México, y en México me sentí muy bien. Pero de algún modo desarrollé un problema con la altura. Y me fui a Nueva York. Y ése fue un momento terrible, porque fue
entonces cuando se definió lo de la Junta en Argentina, y coincidieron tantas cosas malas que...
El año 1975 fue un año tremendo. Yo tenía 'El beso de la mujer araña', y evidentemente el libro no se podía publicar en Argentina con militares. Mis otros dos baluartes editoriales eran Feltrinelli, en Italia, y Gallimard, en Francia. Y entonces les mandé 'El beso de la mujer araña', y me lo rechazaron los dos. Y además fue feo, porque no dijeron por qué, es que no estaban de acuerdo políticamente con el libro, porque en aquella época la mezcla de cosas sexuales con revolución, marxismo, etcétera, les pareció que no era... Pero ninguno de los dos dijo que no estaba de acuerdo con la ideología de la obra. En vez de eso, argumentaron que la novela estaba mal escrita, que
no publicara eso, que me iba a desprestigiar...


-Desde luego, como augures no parecen tener un gran futuro.


M.P.: Y aquí, en España, en cambio, Pere Gimferrer, en Seix-Barral, me tranquilizó y me dijo: "No, no, no, aquí no hay problemas, vas a ver que..." Y la cosa empezó a marchar bien aquí. Pero cuando Gimferrer dijo: "Aquí todo bien, no hay problemas", entonces fue a mí a quien le vino el miedo. Porque mi familia estaba en Argentina. Ay, qué hago... Y el libro estuvo más de seis meses esperando, porque yo llamaba por teléfono y decía: "¡No, no, no lo publiquéis!" Hasta
que al final ellos dieron la orden por su cuenta, y me hicieron un favor. "Lo que quieren en Argentina", me dijeron, "es que los revoltosos se vayan. Pero una vez que están fuera no les importa". Y así fue.


Empezó siendo un niño que se negaba a ser quien era, y con el paso del tiempo aprendió a reconocerse y fue abandonando los disfraces. Hoy Puig muestra esa rara desnudez de quien ha prescindido de corazas; es como el caracol que se ha despojado de su concha, carne esencial y blanda. Tan frágil en su apariencia y, sin embargo, tan densa, tan perseverante, tan elástica.


-La novela que acaba de publicar, 'Cae la noche tropical', trata de de dos ancianas de más de 80 años. Usted dice siempre que en todos sus libros hay un conflicto personal no resuelto.
¿Cual es el conflicto que oculta esta obra?


M.P.: Esta novela fue originada, más que nada, porque por primera vez tengo muy cerca de mí unas
personas que han entrado en la épica de la vejez. Me ha dado cuenta de que la vejez es la edad épica por excelencia, porque todos los días echas un pulso con la muerte. A esa edad ya no eres dueño de tu futuro próximo. Todo tiene que ser consultado con la muerte: "Muerte, ¿puedo hacer una cita en dos meses?" Todo tiene que planificarse con tanta habilidad... Y estas gentes no solamente son
sorprendidas por la edad con estos terribles problemas, sino que además viven tiempos de cambios fundamentales. Mis padres, por ejemplo, después de haber tenido una vida sin demasiados
apuros económicos, ahora lo han perdido todo por la situación financiera. Así es que de golpe están sin dinero. Adaptarse a todo eso es una épica tremenda.


-¿Le da miedo envejecer?


M.P.: A mí me pasó una cosa que me hizo las cosas bastante claras. Yo tenía un físico más o menos
pasable, y había quien se daba vuelta por la calle para mirarme. Y más o menos a los 32 años fue como si una luz se apagara. Se me cayó el pelo, y me cambió el cuerpo, me encorvé y... Perdí completamente mí... Pasé a ser, no un monstruo, pero sí una persona sin ese poder físico al que yo estaba acostumbrado. Y eso yo lo perdí muy, muy pronto, más o menos a los 32 años. Se acabó. Y de repente ya, a partir de ahí, me sentí despojado de mucho. Ésa fue una de las pérdidas claves, dentro de las muchas pérdidas que hay en la vida.


-Pero, además de despojado, quizás se sintiera usted también liberado. Es decir, a partir de ahí quizás ya le costara menos seguir envejeciendo...

M.P.: Tal vez, sí, sí. Ahí dije: bueno, se acabó, ya no me pueden pagar, tengo que pagar yo. Ya no hay más que perder.

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Sunday, December 16, 2007

RENACE EL FOLLETÍN


MANUEL PUIG: RENACE EL FOLLETÍN

Una nota de Bortnik, Aída en colaboración con Manuel Puig. Publicado en la revista Señoras y señores, N° 3. Octubre de 1969. Buenos Aires Argentina.



Con modestia, Manuel Puig imagina que Boquitas pintadas -un best seller arrasador, que se ha convertido en el boom literario del año- es, simplemente un folletín. En alguna medida lo es, pero sin intentar una parodia del género, sino, más bien, utilizando sus elementos tradicionales -los sentimientos más primitivos, el suspenso, la caracterización sumaria de los personajes- para consumar la más formidable vivisección que se haya practicado sobre la clase media argentina. Es, de alguna manera, la continuación (en otra clave, con otras criaturas) de La traición de Rita Hayworth, en idéntico escenario Coronel Vallejos, es decir, General Villegas, la población bonaerense donde Puig nació, el 28 de diciembre de 1932. Esa humildad fundamental, tan solitaria en un medio donde por lo general no se la practica o se la remeda hipócritamente, es el resorte que, por fin, tras alternativas que alimentaron muchas páginas el año pasado y éste, ha establecido definitivamente a Puig como el gran escritor argentino de su generación. Ahora le sobreviene la fama internacional traducciones al francés (La traición, editada por Gallimard, ha conmovido a Europa), italiano, inglés,alemán; y la posibilidad de ser editado en catorce países del área socialista, un trámite que, como todos los relacionados con sus libros, Puig conduce en persona, con su aire de perenne inocencia y de estar en otra parte. Entretanto, prepara su tercer relato, se derrama sobre todas las publicaciones argentinas y cuenta su vida a Señoras y Señores, una investigación que parte de una declaración suya sus musas inspiradoras han sido Libertad Lamarque y Niní Marshall, su habitat es el cine argentino de los años cuarenta, sus ídolos son las vedettes que Hollywood y el music-hall imponían por ese entonces. Qué el universo geográfico guarda, tras opacidades de costumbres y obviedad, existencia de orden secreto, escandaloso, ya lo sospechan los esbirros de Cortés, deificados por el simple milagro de una mirada nueva, sin connotaciones. Caballos y armaduras bastaron a un puñado de españoles para deslumbrar a indígenas que, no encontrando categoría donde ubicarlos, los remitieron al cielo, de donde, ya se sabe, llega todo lo inexplicable. El mismo milagro, en literatura, se repite con sólo nombrar los seres que no se suponen hechos para estar allí. Entre las pinzas del verbo, las empleadas de una tienda, los donjuanes de un barrio, los días de un pueblo, prolijamente recortados por sus hordes, se hinchan, desbordan, estallan, sin revelar otra cosa que su misma esencia, otra sangre que la de sus palabras. Pero eso basta, para dar trabajo a los cartógrafos rehacer los mapas de la novela, incluir ríos, montañas, bosques y ciénagas, que Manuel Puig rescata y bautiza, con la mirada sin culpa de los verdaderos demonios. Como la de sus personajes, la alquimia que alumbró a Manuel desdeña la genealogía y entreteje su red incluyendo, en una misma categoría, padres y personajes de cine radioteatros y casas, Hollywood y la pampa.

Nace una pasión(5 años)

Habitantes de la luz y la belleza, rubias, apasionadas,dispuestas a sufrir noblemente, las uñas escarlata hundiéndose en el brazo del sillón, después la pollera que vuela sobre las pantorrillas, huyendo del villano, desaparecen de la pantalla plateada. Pero volverán sin duda, hasta que The End se sobreimprima a una imagen para siempre feliz o desdichada. Afuera, el viento de la noche arroja tierra de pampa sobre los precarios límites de asfalto. Aretado a Male (María Elena Delladonne), para esquivar juntos el frío, caminan las pocas cuadras hasta la casa. Y no hay suerte, ningún conocido. Tampoco hoy se podrá oír el argumento contado por mamá, esperar el momento oportuno para rescatar un gesto, una imagen que no debe perderse, de esa historia que se puede volver a vivir cada vez que se la recuerda. Manuel Puig no tiene más de cinco años, es un "chico lindo", según él ojos inmensos, pelo negro peinado cuidosamente con raya al costado, camisa blanca y pantalón corto, azul. Los manos contra el cuerpo, la boca que no alcanza a sonreír, la expresión indecisa, para un pose que permanecerá, como en el cine, en una foto que denuncia el estudio previo y una escuela que no recuerda, cree haber perdido. Se enternece un poco, viéndose tan chico, tan desprotegido. Sin embargo, al tratar de ubicar al Coco de aquella época, la memoria de Manuel retrocede dos años aún, y allí ubica el principo. El Cine Teatro Español estaba en el centro y era el único del pueblo. Male, su madre, había ido, hasta que él nació, muy seguido. Después, no tenía con quién dejarlo y el cine representaba su única diversión. Manuel acaba de cumplir tres años la primera vez que su madre intentó llevarlo. Pero la oscuridad lo aterraba y no había forma de que dejara de llorar. Entonces, su padre decidió solucionar el problema racionalmente; y lo llevó a la cabina. Desde allí vio la primera película completa que recuerda La novia de Frankenstein, con Elsa Lanchester. En ese momento encontró el sol alrededor del cual giraría su mundo entero. Lunes, miércoles, jueves, sábados y domingos, a las 6 de la tarde, entraba de la mano de mamá, compraban chocolatines y caminaban hasta la fila 15, punta de banco,a la izquierda. Durante 10 años "nadie osó nunca ocuparnos el lugar". Cuatro veces a la semana cine norteamericano, ocasionalmente algún film italiano o francés, los domingos películas nacionales. Aunque Coco las detestaba, "excepto cuando trabajaba Mecha Ortiz,porque no parecía argentina, tenía un aire, un acento, una soberbia europea". El resto del día, en la casa, es casi nebuloso en el recuerdo. Su primo Jorge (el Héctor de La traición), 6 años mayor, era Tarzán y Superman. "lo veía trepar los árboles y descolgarse, como un mono, jugar a las bolitas ganando siempre, correr más, embocar mejor, entender antes." Era un chico supernormal lleno de músculos, de avidez, de suficiencia. Una imagen apabullante. Manuel nunca se atrevió con los árboles ni las bolitas; bajo aquella mirada feroz, no tenía alternativas en un mundo de competencias físicas, concretas, agresivas. La casa se parecía a aquella en la que había nacido, cruzando la misma calle, o a la otra en que vivió, en la misma cuadra, hasta los 2 años y medio. Delante el fraccionamiento de vinos, que atendía su padre, Baldomero, y un número no preciso de empleados. Al costado, una puerta independiente hacia el gran vestíbulo. A un lado, la pared de vidrios que da al patio lateral; al otro, alineadas, las piezas un poco oscuras; al fondo, la cocina. En The Big Heat" (Los sobornados), de Fritz Lang, Gloria Grahame entra a un cuatro de hotel y recorre el mobiliario con una mirada, se vuelve a su acompañante y lo describe early rothing. Eso podría definir el estilo de mi cuatro." El empapelado de guardas oscuras, absolutamente Liberty,"que en aquella época me parecía horrorosa", las dos camas un poco altas -12 años después llegó un hermano, Carlos-, el velador con pantalla de pergamino decorada con flores que había pintado namá, una lámpara que colgaba del techo, muy arriba. De todos modos, casi nunca estaba allí, como no fueran para dormir, o para disfrazarse y ensayar algún papel.Los días de sol podía acompañaba Kika hasta su casa. La familia, los amigos de Kika, su mundo entero, vivía en calles de tierra, cerca de las veía, en una geografía acosada por la pampa. Coco corría a su lado, fascinado.Todos eran buenos con ese chico hermoso, bien educado,bien vestido, que preguntaba el nombre de todo y las relaciones entre las cosas, entre la gente, como tratando de entender el argumento de esas vidas."Es extraño, en casa nunca se oía llamar a Kika por otro nombre que el suyo, comíamos todos juntos, no había nada que me indicara una distancia. Sin embargo, yo sentía que había algo injusto en que no pudiera ir con nosotros al cine. Pero a la tarde, Kika tenía que trabajar en la cocina. Todos tenían que trabajar. También papá y sus empleados. Esa marginación no dolió hasta que crecí lo suficiente como para transformarla en una culpa. Ahora nunca puedo ir al cine de tarde. Me persigue la idea de un privilegio o una evasión, el sentimiento de que escamoteo el tiempo a la realidad."

La guerra en Villegas(10 años)

Tiene la boca apretada, el misal y el rosario entre las manos, los ojos muy tiernos. Está orgulloso de su saco blanco. "Pero ya no era tan lindo", dice Manuel, mirando la foto de su primera comunión.Entonces los días tenían un horario rígido, inflexible, el único que le permitía llegar a tiempo a la vermouth del Español. A las 8 de la mañana, delantal y moño impecables,ya estaba en el colegio. "Quedaba a una cuadra de casa, iba y volvía solo. Siempre tuve miedo de dejar de serlo." Ese era el motivo de que sus compañeros, en general, lo quisieran poco. Pero era también la barrera que les impedía atacarlo demasiado. Además, todo lo que se refería a la escuela le encantaba escribir, estudiar, hacer deberes, buscar información, aprender, tener dependencias y obligaciones que resolvía con facilidad, lo hacía sentirse seguro, protegido, real.A las 12 salía corriendo hacia la casa. Se quedaba en la cocina, charlando con Kika o con Male, hasta el almuerzo. A las 2 de la tarde, en punto, entraba a la casa vecina. Allí estudiaba piano hasta las 3. Media hora después, cuatro cuadras más allá, lo recibía la profesora de inglés. Cerca de las 5, en la cocina, se abalanzaba sobre la merienda y los deberes. A las 6 menos cuarto salían para el cine.Volvían a las 8, cuando Kika ya tenía la comida lista y la mesa tendida. Cenaban comentando el film, y antes de las 10 de la noche Coco se iba a dormir. "Entre 1940, en que aprendí a leer, y 1945 compilé avisos y notas sobre films a estrenarse, fotos de los protagonistas, comentarios y críticas." Revisaba el botín, para enriquecerlo o entretenerse, con tanta frecuencia que conocía de memoria el orden riguroso de su colección.De noche, mientras imaginaba argumentos para su futuro cinematográfico, oía, a través de la pared, la voz de Male leyendo el diario en voz alta para su marido. Así, pueblos sitiados, bombardeados, ocupados, imprimían su nombre en medio de los ensueños de Coco. La guerra, esa cosa que ocurría en un mundo que no era el del cine, ni el de la realidad, tenía nombres exóticos y ningún peso para Manuel. "Por otra parte, nunca entonces hubiera podido vivirlo con otro enfoque que el de Villegas. Allí, los ingleses eran terratenientes, desconsiderados con sus trabajadores, antipáticos con los latinos. El pueblo los detestaba y, al principio, tendía a simpatizar con el eje, sin demasiado entusiasmo, como simple reacción contra lo malo conocido." Sin embargo, la fuerza, la prepotencia, la superioridad física o numérica como todo argumento, ya había comenzado a perseguir los sueños de Coco. "En el colegio primario descubrí los primeros brotes de una violencia que nunca entendí ni dejé de odiar. Esa sistemática humillación de todo lo que fuera débil o sensible, que unía en una sola horda a grupos, grados, colegios enteros, contra los gordos o raquíticos, los petisos o delicados, me aterró siempre. De alguna manera, esa imagen se identificó para mí con la de una generación entera, a la que nunca pude perdonar su incapacidad para comprender lo que no se le parece."

La metrópoli dorada(15 años)

Están sentados en el pasto, con libros en la mano. Nina es rubia, tiene ojos claros y un aire mundano. Manuel está muy flaco y la ropa parece quedarle grande. "La sacamos en el parque del Ward, en Ramos Mejía. Yo era alumno pupilo, ella no. Compartíamos los recreos,intercambiábamos libros. Me tenía fascinado."Dos años antes, Coco había llegado de Villegas para estudiar en Buenos Aires "el colegio me deslumbró, tenía todo el barniz Hollywood, pero pronto descubrí que en esaarquitectura vivían los mismos salvajes que en Villegas." Cargado de imaginación y alegría, Manuel llegó a la cuidad que soñaba colmada de salones "a lo Rosalind Russell",para encontrarse en pleno juego de la verdad. "Todo aquello en lo que yo creía, todo lo que me gustaba y meimportaba, carecía de prestigio en aquellos años. La moda era leer y no ir al cine, agredir y no escuchar, ser ingenioso y no imaginativo."Entonces, por las tardes, después del colegio, leía."Descubrí la colección de Premios Nobel. Y era una constelación de primeras figuras, como en el cine. Me abalancé sobre ellos. Por lo menos un título de cada premiado, suponía yo, me daría el barniz de información literaria que la época exigía. También devoré a Hermann Hesse, Kafka, Wassermann." Horacio, un compañero del secundario en cuya casa vivió como pensionista, hasta que su familia se trasladó a Buenos Aires, lo introdujo en lo que Manuel llamaba "el círculo psicoanalítico". Pero, al mismo tiempo, descubrió a Rosa de Kalada. "Era la madre de una condiscípula. En cuanto entré a su casa, me sentí como si, por fin, hubiera accedido al mundo de Norma Shearer. Rosa era un personaje increíble. En una época que lo cuestionaba todo, ella desconocía la crueldad, derramaba belleza y ternura con una gracia muy centroeuropea. Demostraba, con sólo existir, que el desprestigio de mis sueños era falso. Ella, como las heroínas de la Metro que siempre me habían fascinado, me devolvió la fe en Hollywood." Sin embargo, el espejo reflejaba la imagen de un "Adolescente con el tórax poco desarollado. Había perdido la gracia de la niñez, no creía llegar a ser nunca un buen mozo, como mi padre. La impiedad de Buenos Aires me agobiaba. Cuando dejé el Ward por el Nacional Pueyrredón, descubrí que el ambiente menos selecto era también menos agresivo. A pesar de eso, decidí hacer libre el 5° año. Los colegios no eran sitios para mí."Pero los idiomas, "que estudiaba con fruición, porque inglés, francés, italiano, alemán, eran las lenguas del cine", no bastaban. Alguien muy mal informado le sugirió estudiar ingeniería, "para hacer después, en Estados Unidos, una especialización en sonido cinematográfico. Muy pronto descubrí lo disparatado del plan y elegí Arquitectura. No soporté más de 6 meses. Después entré a Filosofía, la clave más brillante para disfrazar de respetabilidad mi verdadera pasión el cine. Allí, además,podía completar el barniz, aprender cuántos libros había escrito Hegel, por ejemplo. Pero me atasqué en latín, nunca pude pasar un solo examen. Entonces seguí todos los cursos, devoré todos los apuntes y bibliografías,sistemáticamente examinarme. Cuando terminé esa especie de carrera solitaria y paralela, sentía que había cumplido."Para entonces, ya había comenzado sus primeros trabajos dentro de los estudios cinematográficos. Una nota en Radiolandia, sobre el próximo rodaje de Deshonra, lo impulsó a una entrevista con Daniel Tinayre, a quien respetaba por La vendedora de fantasías, "comedia que me parecía muy lograda. Le pedí que me dejara asistir a la filmación, y se negó. Entonces, hice algo insólito fui a ver a la protagonista, Fanny Navarro. Aunque para mí, por peronista, en esa época ella representaba a un régimen que sentía enemigo, porque había prohibido la entrada de films norteamericanos. Fue encantadora y me consiguió el permiso. Al poco tiempo entraba a trabajar en Laboratorios Alex".

Viaje al neorrealismo(23 años)

Las piedras y el cielo detrás, como toda referencia, frente al sol, con sonrisa cuidada, Manuel Puig tiene una cara de galán. Un saco claro, inmenso, pantalones blancos, anchos, de cintura muy alta, una mano en el bolsillo, todo el aire de sentirse muy elegante. La foto reproduce una pose exacta de Tyrone Power en Africa, en 1939.Manuel copió el modelo para un equipo deportivo que estreno en Mar del Plata, en 1953. "Plena época del petiterismo. Los muchachos usaban pantalones bombilla y sacos redondos, cortos, ajustados. Me pregunto qué diría la gente al verme, cómo hacía yo para vivir tan fuera del tiempo y la realidad." Tenía 23 años cuando terminó los cursos en la Dante Alighieri y ganó una beca. "Con el viaje y los costos de matrícula pagos, y un poco de ahorros, me fui a Roma."Llegó a la Escuela del Centro Experimental de Cinecitta, en plena decadencia del neorrealismo, cuando los ideólogos del movimiento adoptaban las posiciones más irreductibles, cuando el ambiente estaba más crispado."Hollywood era una mala palabra, la imaginación el enemigo número uno del cine, las obras de autor una blasfemia." Estaba cada día más triste y más solo. Para ahorrar y poder ir al cine, o viajar en las vacaciones, Manuel no comía más que sandwichs; sus compañeros se lo reprochaban. Una tarde, en la clase de historia, vieron Metrópolis, de Fritz Lang. "El expresionismo, que todos odiaban, me deslumbró."Llegaron las vacaciones y París. "Comenzaba el tiempo de Cahiers du Cinéma, la revalorización del cine imaginativo, de la obra de autor. Yo llegaba casi ahogado de Roma, donde todo lo que me importaba carecía de prestigio, donde siempre parecía equivocado. Me quedé 5 meses,volví tarde a las clases, no podía arrancarme de París." En 1957, David O. Selznick producía un remake del Adiós a las armas, dirigida por Charles Vidor y con su mujer , Jennifer Jones, en el papel de la enfermera. Manuel fue designado para cumplir en esa filmación sus prácticas de efectos especiales. "La Jones sabía muy bien de dos cosas que los papeles histéricos eran los que mejor le sentaban, y que su marido era el productor. Cada vez que Vidor intentaba marcar una progresiva dulzura a su personaje, ella empezaba negándose a lo gatita, y abandonando todo de un portazo después de un rato. Selznick llevaba aparte a Vidor, el director pedía disculpas. Al día siguiente todo se repetía, hasta que la Jones volvía a impacientarse, chillaba no me siento bien, se encerraba en el camarín, y Vidor volvía a retroceder. Esa experiencia me dejó aterrado. ¿De donde iba yo a sacar fuerzas para competir en ese mundo?" Al año siguiente, Manuel se fue a Londres. De día daba clase de italiano y español, de noche lavaba platos en un restaurante en el que todos, del dueño a los parroquianos, eran actores desocupados. Allí escribió el primer guión (hasta entonces los dibujaba, huyendo de la palabra), en inglés Ball Cancelled, imaginado para Ingrid Bergman y Anthony Perkins. "Como los tres que lo siguieron, era un mero refrito de cuanta comedia sofisticada me había impresionado durante la niñez."Cuando volvió a Roma, su amigo Mario Fenelli -un argentino hacía años radicado en Italia- le dio el primer consejo útil escribir en su propio idioma.En 1960, en Buenos Aires, elaboró La tajada, su primer guión en castellano. La historia de una actriz que, durante el peronismo, seduce a un diputado y se casa con él, para utilizarlo en una venganza. "Me faltaban datos para semejante historia, no conocía esa realidad. Por otra parte, cada indicación de cámara me entorpecía la sintaxis. Pero hasta yo mismo sentí que era lo mejor que había hecho hasta ese momento." Entretanto trabajó en dos coproducciones, como asistente de diálogos Casi al fin del mundo y Una americana en Buenos Aires.

La edad de la razón(30 años)

En mangas de camisa, con un libreto en la mano, rodeado de actores y técnicos, Manuel se parece a su padre y también a Tyrone Power. Pero la actitud es crispada, ansiosa. "cerca de los treinta años descubría algo que ya no podía seguir ocultándome. Yo no servía para el cine, no tenía temperamento para ese mundo. Había estado del otro lado de la pantalla y sabía, por fin, que hacer cine no era vivirlo, que la realidad de ese mundo era más agresiva, más competitiva, más feroz que aquella de la que siempre había huido, transformándome en espectador." Volvió a Roma con La tajada bajo el brazo. Fenelli confirmó sus sospechas de que debía volver a intentar, con un tema más autobiográfico. Manuel eligió a su primo Jorge y decidió narrar la historia de sus amoríos. "Para tomar distancia con respecto a cada personaje, comencé a escribir descripciones. al segundo día supe que eso no iba a ser un guión, sino una novela." Desde entonces no hizo sino sistematizar el nuevo camino.Viajó a Estados Unidos, donde una tarjeta de inmigrante le permitiría trabajar. Alquiló un departamento, se empleó en Air France, de 7 y media de la mañana hasta las 2 y media de la tarde. Después de una siesta, escribía hasta la noche. A las 11 se acostaba, a las 5 se levantaba y empezaba de nuevo. Durante tres años, hasta que terminó La traición de Rita Hayworth. Sin embargo, Manuel Puig no ha hecho sino encontrar la ruta que Coco, yendo todas las tardes al cine, en General Villegas, comenzó a construir. "Recién ahora sé que Hollywood no miente, que no me ha mentido nunca." Ahora, cuando junto a Ingrid Bergman y Marlene Dietrich puede colocar a Manuel Romero y Libertad Lamarque, cuando Judy Garland y Lepera, los films de Niní Marshall y Las Follies de Ziegfield, el abandono de los canciones de los '30, el éxtasis y la clave lánguida del art deco, son la materia viva de sus novelas, Manuel habita el universo de sus sueños. Porque lo ha desmontado y vuelto a unir según sus propias reglas de juego.

Aquí ahora(36 años)

"Cuando la gente que quiere ser mejor se le proponen modelos torpes y valores ilegítimos, el ridículo, la parodia, instalan su reino. Cuando el ideal es ser fino y el molde es la cursilería, se acaba doblando el dedo meñique para tomar la taza. Pero esto no me causa gracia. No escribí Boquitas como una parodia, sino como la historia de gentes de la pequeña burguesía que, como primera generación de argentinos, debía inventarse un estilo." Las radionovelas y el cine, las revistas de chismes y de cuentos femeninos, los titulares de los diarios, los animadores de bailes, los vendedores de tienda, los consultores sentimentales, las expertas en belleza, los políticos, las maestras, la literatura infantil inventaron los gestos, las palabras. responsables de una deformación repetida, solemnizada, santificada por la costumbre, la mayoría y la inseguridad; esas fuentes venenosas surtieron, sobre todo, a los hijos de inmigrantes. "No podían, está claro -asume Manuel Puig-, hablar el dialecto de sus padres, manejarse con recursos de un mundo que no les pertenecía. Y se volvieron hacia esos manantiales apócrifos." Y a ellos recurrió, también él, para construir su folletín. Partiendo de un rigor que, lejos de limitarla, enriqueció la novela. Sin primera ni tercera personas, las Boquitas se lanzan a su propia descripción, en los más desesperados intentos de eludir la verdad, de edulcorarla y negarla. Durante dos años, "empecé cuando todavía no se había publicado La traición", Manuel elaboró su segunda novela. "Primero intenté con un tema que no conocía demasiado y quedó trunco el Buenos Aires de 1948. Con el folletín, en cambio, todo resultó fácil hasta la mitad. "De pronto no pude adelantar y comencé a perseguir amigos, como siempre." Con la cabeza un poco ladeada, una tierna semisonrisa y su atención reposada, Manuel escuchó todas las opiniones, hasta que pudo seguir escribiendo. Ahora espera más de lo que se atreve a sospechar que la novela sea popular, por ejemplo. "Un nivel realmente masivo es lo que me interesa, por eso elegí el folletín, los personajes aparentemente triviales, el suspenso progresivo de la anécdota, el lenguaje que revela todo lo que no explicita." Y por fin, su vida ha comenzado a adquirir el ritmo que lo hace feliz. De mañana, "porque tardo muchísimo en despertarme", habla por teléfono y atiende su correspondencia. Almuerza y duerme una hora. "Y recién después de las tres de la tarde estoy en condiciones de escribir." El estudio, en la casa de sus padres, Charcas al 3400, tiene un escritorio grande, una ventana a la calle arbolada, muebles oscuros y nada que pueda distraerlo. "En realidad, no hago sino perder el tiempo, acomodar papeles y aburrirme hasta que no puedo más. Tan sólo entonces me resigno a escribir. No entiendo a esa gente que habla del placer de sentarse a la máquina. Yo lo siento como una tortura, lo eludo mientras puedo y me resigno cuando no hay más remedio. Pero después de la primera página nada podría detenerme. Escribir no se parece entonces al placer, sino a la felicidad. A la noche prefiere "las más bochornosas cantinas con música antes que los lugares de moda". Va al cine con los amigos y trata de no tentarse para comprar nada. "Prefiero no hacer otra cosa que escribir, y para vivir de la literatura, aun con las traducciones, debo ser metódico y humilde, pero no me cuesta demasiado. En Europa pasé tiempos muy malos, de verdadera pobreza, y eso nunca logró entristecerme demasiado." La nueva novela, sin título todavía, se exilia por fin de Coronel Vallejos. Tres porteños, dos mujeres y un hombre, serán los portaestandartes de lo que Manuel Puig llama "El espíritu destructivo y el placer de la agresión que caracterizan a Buenos Aires". Sin embargo, después de 15 años, "el misterio de lo argentino" ha logrado fascinarlo. "Todo es tan nuevo y tan mezclado ... Se improvisa, se inventa constantemente. La falta de moldes fijos crea un clima casi mágico. Sobre todo ahora, que la madurez ha perdido prestigio, aun para los argentinos, y los jóvenes socavan alegremente las superfluas construcciones de sus padres. Todos los moldes precarios, inseguros, con que la pequeña burguesía de mi época pretendía justificar su mundo se descascaran ante la impertinencia no-agresiva de la gente nueva. Los admiro y los envidio. No imitan a nadie, desprecian el snobismo, crean hasta la ropa." Pero se niega a utilizar esta generación, que lo deslumbra, en sus novelas. "No los conozco, realmente. No podría sino mentir, distorsionar por lo menos." Y esgrime otros motivos para no cebarse sino en la pequena burguesía "Los defectos de la clase alta son demasiado conocidos y, con respecto a los obreros, siento algo así como una simpatía demagógica, que me impide verlos con claridad."A fin de año volvería a Italia, para vigilar la traducción de su primera novela, y ya imagina "lo magnífico que veré a Buenos Aires desde lejos. Cuando no formo parte de la cosa, el misterio que todavía ofrecen aquí la tierra y la gente resulta más emocionante. Por fin sé que es únicamente sobre nosotros que quiero contar historias



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SUBLIME


CLAUDIA PRESENTA A : MANUEL PUIG EN "SUBLIME OBSESION".


Publicado en la revista Claudia, abril de 1973. Argentina. En colaboración con Manuel Puig



"Desde chico me gustó el cine, únicamente el cine." Así explica Manuel Puig el origen de esa gran pasión que, sublimada en literatura, ha hecho de él uno de los autores más leídos de América latina. Para ser fiel al autor de "La traición de Rita Hayworth" y "Boquitas pintadas", Claudia ha montado este reportaje con técnica cinematográfica. Desde el título hasta el "happy end". Por eso, también, los subtítulos evocan a la filmografía que hace unos lustros pobló el nostálgico mundo de "la pantalla de plata" con sus imágenes y su ficción.

CUENTAME TU VIDA
(Ingrid Bergmann y Gregory Peck. Direct.: Alfred Hitchcock.)

"¡ Ojalá pudiera! Pero, ¿por dónde empezar? Claro, sí, por un año clave: 1932."

SUCEDIO UNA NOCHE
(Claudette Colbert y Clark Gable. Direct.: Frank Capra.)

"Nací en General Villegas, un pueblo de la pampa argentina, en 1932. Mamá era una chica de cuidad recién diplomada, que trabajaba como química en el hospital regional; papá, de origen local, estaba tratando, sin capital, de encaminarse en un comercio."

EL PAN NUESTRO DE CADA DIA
(Karen Morsley y Tom Keene. Direct.: King Vidor.)

"Desde muy chico me gustó el cine, siempre el cine, únicamente el cine. La primera película que vi fue "La novia de Frankenstein", con Boris Karloff y Elsa Lanchester. Tenía entonces cuatro años. Recuerdo que, al principio, no quería entrar porque la sala a oscuras me inspiraba miedo, hasta que papá me llevó a la cabina de proyección y me tranquilizó. Desde ese momento el cine se convirtió en mi verdadera pasión, en el alimento que nutrió casi todos los días de mi infancia: algunas veces iba para acompañar a mamá que no se acostumbraba al pueblo chico; todas y cada una, para reencontrarme con el mundo verdadero. Porque, para mí, la ficción del cine era la verdad, "mi realidad", la única realidad que contaba; todo lo demás, mi casa, el pueblo, sólo equivocaciones, el resultado de haber caído, por error, en medio de una película de la "Republic", aquella modesta productora de Hollywood que hacía filmes de decorados pobres. A mí me encantaban las comedias musicales de Eleanor Powell o de Ginger Rogers (nunca le presté atención a Fred Astaire). "El gran Ziegfeld", ¡qué maravilla! Mis estrellas dramáticas favoritas eran, en cambio, la Luise Rainer, la Garbo, la Dietrich, todas las ultraterrenas. Y, por sobre todas, Norma Shearer, ¡la reina!"

VIVE COMO QUIERAS
(James Stewart y Jean Arthur. Direct.: Frank Capra.)

"Mamá era mi cómplice de este mundo maravilloso del cine: ella me leía los subtítulos y yo ya comprendía todo; también jugábamos a dibujar, en cartones, escenas de películas: en casa existían viejos libros de contabilidad de los que arrancábamos páginas, las recortábamos en cuadrados de diez por diez centímetros y, entonces, yo pedía: "¡Mamá, por favor, dibujá la película!" Y ella la realizaba. Recuerdo que la mejor que le salía era "Juárez", con Bette Davis y Paul Muni, y también algunas comedias musicales de la Metro -Goldwyn-Mayer... Mamá, en esa época, era gordita y yo deseaba que adelgazara para que se acomodora a "mi" realidad, a la gran superproducción de la Metro que era "mi" realidad, y pudiera así compartir cartel con Norma Shearer ... En cambio, papá... con respecto a él todo era más complicado... Papá quería que ingresara a su mundo, es decir, que aceptara jugar con otros chicos, que aprendiera a andar en bicicleta... Eso me creaba un gran conflicto. Mis recuerdos más lejanos están ligados a las sensaciones de un grandísimo malestar ante la gente y de una enorme placidez durante las funciones de cine donde yo no era más que una mirada. Y eso mamá lo comprendía."

LA ANTESALA DEL INFIERNO
(Eleanor Parker y Kirk Douglas. Direct.: William Wyler.)

"En 1940 comencé, en Villegas, la escuela primaria. A partir de la segunda semana de clase fui considerado el mejor alumno. El cine había sido para mí una especie de escuela especial que me había enseñado, desde muy chico, a comprender los problemas de los adultos, a tener una visión del mundo, a conocer el lenguaje de los grandes. Mientras que por un lado esa preparación me beneficiaba, por otro era contraproducente ya que me aislaba de mis compañeros y hacía casi imposible la comunicación...Por otra parte creo que, de entrada, rechacé cierto código que imperaba en la época: el de la explotación del débil por el fuerte, el del culto a la fuerza. Esta es la cuestión, precisamente, que me hizo rechazar la realidad. Yo descansaba en el mundo de Norma Shearer o en el de Greta Garbo, donde triunfaban la sensibilidad, la reflexión, la bondad, el sacrificio, el perdón, en los que esas virtudes se aplaudían y se vivían en primer plano, entre las mejores luces, con los temas musicales más refinados, con violines, con arpas...¡Qué maravilla! ¡Cuando sonaba un arpa, para mí, era el máximo! Por eso, cuando comenzaron las clases de religión tuve muchas dificultades porque yo ya tenía mi cielo, un cielo donde se premiaba el bien y se condenaba el mal, un cielo lleno de santas, entre las que reinaba, con todo esplendor, Norma Shearer. Mi necesidad de fe, de adoración, ya estaba colmada... En las horas que debía compartir con los demás, dibujaba escenas de películas o hablaba sobre ellas o me las hacía contar, como una semana de prolongar el mundo de la Metro, que era el mío."

LA MALVADA
(Bette Davis, Ann Baxter y George Sanders. Direct.: Joseph Manckiewicz.)

"En 1942 comencé con mis lecciones de inglés, el idioma del cine: en clase me sentía con un pie en Hollywood cuando, en relidad, estaba a doce horas de tren de Buenos Aires. Mis películas favoritas de entonces eran "Rebeca, una mujer inolvidable" y "Lo que el viento se llevó". No me gustaban, en cambio, las nuevas comedias musicales (las de Betty Grable, por ejemplo); echaba de menos el fasto y la irrealidad de los años treinta. Entre las actrices prefería a las cálidas (la Garson y la Rogers) y entre los actores a los suaves (Tyrone Power y Robert Taylor). Me encantaba, también, Diana Durbin. Recuerdo que, en tercer grado, me enamoré de una chica porque era muy Hollywood, muy del mundo de Diana Durbin, con su raya al medio, su permanente en las puntas, tal cual, tal cual...Con ella jugábamos a representar películas de aventuras, sobre todo " El hombre de la máscara de hierro"...¡Qué curioso! Con la máscara yo podía actuar frente a ella. Es posible que como tenía un gran rechazo por los personajes masculinos agresivos, la máscara evitaba que tuviera que poner cara de malo para identificarme con ese tipo de héroe...Entre ella y yo se movía un tercer protagonista: un chico muy agresivo, a quien odiaba. Cierto día descubrí que, entre ellos y a pesar de mí, se había establecido una relación secreta, es decir, que mi amiga había aceptado los esquemas vigentes: la mujer siempre tomada por asalto, el fuerte atacando su fortaleza y el débil admitiéndolo. En Hollywood eso nunca hubiese pasado. En el mundo de Norma Shearer no había lugar para la traición ni para el engaño...En 1943 murió un hermano recién nacido, un muchacho de quince años intentó violarme, mamá cambió de actitud: se dio cuenta de que tenía que ayudarme y me quiso mostrar la realidad. Yo, otra vez, cerré los ojos. Durante los tres años siguientes no crecí ni un centimetro."

CABALLERO SIN ESPALDA
(James Stewart y Jean Arthur. Direct.: Frank Capra.)

"Como en Villegas no había colegio nacional comencé la secundaria, en Buenos Aires, como alumno pupilo. Era el más pequeño de la clase. La vida allí fue atroz. ¡Y yo creía que dejando el pueblo atrás ingresaría finalmente en la Metro-Goldwyn-Mayer! Mis compañeros eran crueles: la agresividad en ellos era un juego aceptado y respetado; todos representan papeles de hombres fuertes y necesitaban del débil para mantener esa situación. Extrañaba tremendamente a mi madre. Mi único consuelo era la matiné de los domingos en un cine de estreno. Fui allí que, por primera vez, oí el nombre del Doctor Freud en "Cuéntame tu vida" (me sonó mal: parecía el nombre de un villano del cine, tipo nazi). Hablando de esta película, me hice amigo de un compañero judío: descubrí que él sabía todo lo referente a Freud y sentí que ser el mejor alumno no significaba tanto como yo había pensado. Dejé, entonces, de estudiar mis lecciones y empecé a leer a Hesse, Huxley, Sartre, Thomas Mann. La primera novela no adaptada que leí fue "La sinfonía pastoral" de André Gide -regalo de mi amigo-, porque iba a llegar al cine interpretada por Michele Morgan. Al mismo tiempo descubrí el placer de la lectura...También mi amigo me enseñó que no todas las películas venían de Hollywood. Sin embargo, yo me resistía a ver un film donde no actuaran mis estrellas favoritas (en ese momento, Ingrid Bergmann, Crawford y De Haviland). Incitado por él, vi "Crimen en Paris", un policial de H. G. Clouzot, que me fascinó. Allí la estrella era el director. A través de esa película descubrí, finalmente, lo que quería ser: director de cine. Ya que no podía ser Tyrone Power o Ginger Rogers o Robert Taylor o Eleanor Powell, podía ser Clouzot. Primer paso: estudiar seriamente francés e italiano, los "nuevos" idiomas del cine.

Hoy es mañana
(Linda Darnell y Dick Powell. Direct.: René Clair.)

"En 1950 me recibí, a pesar de todo, de bachiller. Había llegado el momento de decidir qué iba a hacer con mi vida. Mi única vocación era el cine, pero dentro de la industria cinematográfica no conocía a nadie. Por otra parte, mi familia me presionaba para que completara mi educación. Entré, así, a la Facultad de Arquitectura de Buenos Aires: como no la pude soportar, al año me pasé a Filosofía...Una catástrofe: Perón cerró la importación de filmes. Comencé a ver películas argentinas sin ningún agrado porque no me permitía la evasión; eran un poco la triste prolongación de esta otra realidad. La única actriz que me trasportaba a otro mundo era Mecha Ortiz, una mujer de un clima especial, de una temperatura diferente...Empecé a comprar "Photoplay", una revista chimentera. Hollywood comenzaba a decepcionarme: los directores no eran suficientemente personales, mis estrellas estaban envejeciendo y no les encontraba reemplazantes, con excepción de Marilyn Monroe. En "El ocaso de una vida" adoré a Swanson...En 1951 me asfixiaba en Filosofía. Pedí permiso para ver la filmación de "Deshonra": su director - a quien abordé en la calle- me lo negó. Entré en el estudio y pedí hablar con Fanny Navarro, su protagonista; ella me pasó a Herminia Franco, quien, por fin, consiguió el permiso. Terminada la película se había hecho notoria mi puntualidad. Se me ofreció,entonces, un pequeño trabajo, pero hubo inconvenientes con el sindicato. Volví a Filosofía. En 1953 me tocó el Servicio Militar: año atroz, en una oficina de Aeronáutica, como traductor. Había obtenido mis diplomas de lengua y literatura francesas e inglesas. A pesar de todo, el futuro se presentaba incierto.

ROMA CUIDAD ABIERTA
(Anna Magnani y Aldo Fabrizzi. Direct. Roberto Rossellini.)

"En 1955 terminé mis estudios de lengua y literatura italianas en la Dante y obtuve una beca para viejar a Italia. Con mis tres idiomas cinematográficas bien aprendidos estaba seguro de triunfar. La Argentina quedaba atrás y yo iba en búsqueda de mi Hollywood perdido. Sin embargo, la escuela de cine de Roma -Centro Sperimentale- fue una decepción: fuera del neorealismo no existía nada para ella; el cine de autor era anatema. Zavattini llegó a decir que el film ideal sería el de seguir una señora desde el momento en que sale de su casa y va a comprarse un par de zapatos hasta que vuelve; que, en ese acto, estaba encerrada la vida total. Antonioni y Fellini estaban haciendo sus primeras cosas y eran como unos inadaptados. ¡Y qué decir de Hollywood: sólo una mala palabra!...En el Centro Sperimentale no terminé ni el primer año, pero tampoco conseguí trabajo en Cinecitta, donde solamente realicé prácticas con De Sica y con Clément. Lo mismo me pasó en París: no tenía contactos, no conocía a nadie. Los filmes europeos me estaban rechazando; los americanos ya no me gustaban ¿qué me quedaba que fuese sagrado? Sólo los recuerdos de mi infancia en el cine de mi pueblo... En 1958 me fui a Londres: allí, mientras daba lecciones de español a domicilio y lavaba platos en un restaurante de gente de teatro, escribí mi primer guión, una mezcla de "Wuthering Heights" y de "Té y simpatía", en mal inglés, para Vivien Leigh. Su título: "Ball cancelled"...En Estocolmo seguí lavando platos y escribí mi segundo guíón: "Summer indoors", una comedia sofisticada, inspirada en los films de Irene Dunne y Cary Grant, de diálogo ingenioso, en pésimo inglés...Yo intentaba hacer cine de dos maneras: o como asistente de dirección (para aprender el oficio) o como libretista. Pero, en ninguna de las dos formas me sentía bien. En los ambientes de filmación había guerra, agresión, autoridad; si uno quería ser escuchado debía gritar y pisar fuerte; las órdenes había que trasmitirlas con seguridad y convicción. Mi severa autocrítica y miinseguridad hicieron fracasar mis intentos: en el set nadie me hacía caso. En cuanto a los guiones, como para mí no existía el castellano ni la Argentina ni sus problemas -aquello era un film de la "Republic"- escribía sobre conflictos que se desarrollaban en castillos ingleses, tipo "Rebeca", y en inglés. Mientras los hacía estaba entusiasmado, pero cuando veía el producto terminado me daba cuenta que no eran más que "refritos" de películas que me habían impresionado, filmes de la década del treinta. Copiaba y copiaba mal. No creaba. Sólo trataba de prolongar, a través de mis libros, aquellas horas de espectador infantil. La situación era dramática: estaba por cumplir treinta años y yo, que había despreciado una carrera universitaria, no había querido ir a trabajar con papá, había renunciado a muchas cosas que dan seguridad, descubría, de pronto, que mi gran vocación por el cine no era tal, que todo era una enorme equivocación. Entonces, desilusionado, regresé a la Argentina."

SOY UN FUGITIVO
(Paul Muni. Direct.: Mervyn Le Roy.)

"Corría el año 1960 y yo ya había podido entrar en el hermético sindicato cinematográfico argentino cuando comenzaron a realizarse coproducciones y a necesitarse asistentes que hablaran idiomas. Trabajé así en tres filmes, por primera vez con sueldo. Allí me terminé de convencer de que no me gustaba nada el trabajo de filmación y abandoné...Aconsejado por amigos inteligentes escribí mi primer guión en español: trataba sobre un episodio de la época peronista. Obtuve elogios por el diálogo, pero objeciones por el tratamiento; indudablemente, no conocía el tema. Seguía siendo un fugitivo...En 1961, volví a Roma por un trabajo de cine, que duró poco. Entre traducciones y clases, proyecté un nuevo guión en español, pero basado en cosas que yo había experimentado, que había vivido. Fue así que buscando entre los recuerdos de mi infancia, tropecé con un primo mío, que vivía con mi familia, y recreé sus romances de adolescentes. Para poner distancia con ese material autobiográfico planeé escribir una descripción (para mi uso exclusivo) de cada protagonista de la historia. Sin embargo, no sabía cómo encarar ese trabajo. De pronto, oí la voz de una tía que hablaba sobre mi primo como lo había hecho veinte años atrás. Transcribí su descripción y ese monólogo que debía ocupar una página llenó veinticuatro. A partir del segundo día de trabajo, me di cuenta que lo que estaba realizando era una novela. Es decir que tratando de resolver un diálogo encontré el monólogo interior, la forma narrativa principal de "La traición de Rita Hayworth", mi primera obra. La experiencia comenzaba a hacerme sentir bien."

LA MEJOR DE NUESTRA VIDA
(Fredric March y Dana Andrews. Direct.: William Wyler.)

"Fue en ese momento que decidí alejarme de Roma. Siempre había querido conocer Estados Unidos: Hollywood, Nueva York, las comedias musicales de Broadway. Y pegué el salto. Con tarjeta de inmigrante podía conseguir un trabajo tranquilo, que no me exigiera mucho mentalmente y que me dejara tiempo para escribir. Entré en Air France, aeropuerto Kennedy. La novela se había convertido en la historia de mi infancia, en las razones que me habían llevado al fracaso: a los treinta años no tenía carrera, dinero ni vocación. Buscando aquellas razones encontré la actividad que se avenía a mi carácter: escribir. Era perfecta para mí; podía trabajar con tranquilidad, permitirme todas las dudas, corregir hasta el infinito. De 1962 a 1965 pasé lo mejor de mi vida, escribiendo, sin pensar en estrellas ni en directores...ni en editores. En febrero de 1965, terminé "La traición...". Como yo no conocía a nadie dentro del ambiente literario, el fotógrafo Néstor Almendro, gran amigo mío, después de leerla, le pasó los originales al escritor español Juan Goytisolo, quien decidió enviarme al concurso que cada año organiza Seix Barral, de Barcelona. Allí salió finalista, a un voto del ganador ("Ultimas tardes con Teresa", de Juan Marsé) y comenzó su peregrinación por España, corrida por la censura. Por fin, en 1968, apareció en la Argentina, editada por Jorge Alvarez...Un toque hollywoodiano: dos años antes, la editorial francesa Gallimard la había tomado para su publicación...Cuando "La traición..." apareció en Buenos Aires las críticas fueran tibias. Después de tres años de escribir y de tres años y medio en busca de un editor, la frialidad de la acogida fue una gran desilusión. En 1969, Gallimard, finalmente, publicó la traducción y, en su balance anual de julio, el diario "Le Monde" la seleccionó entre las mejores novelas del periodo 68-69. En septiembre de ese mismo año, mi folletín "Boquitas pintadas" fue editado como libro y mi nombre, ayudado por el éxito de la crítica francesa, era ya una curiosidad. Las traducciones portuguesa e italiana de esta novela figuraron en las listas de los mejores libros del año. La traducción norteamericana de "La traición..." fue elegida por el "New York Times" como una de las mejores publicaciones de 1971. Y, ahora, Editorial Sudamericana se prepara para lanzar mi tercera obra: "Buenos Aires Affair", una novela policial...La aceptación de mis libros, el éxito, representa para mi una sola cosa: la posibilidad de vivir de la literatura y de seguir escribiendo. A través de la escritura pude, por primera vez en mi vida, abordar la realidad. Es la primera vez, también, que tengo la sensación de tocar algo sólido, de pisar sobre tierra firme, de sentir el fondo... ."

INTIMIDAD DE UNA ESTRELLA
(Ida Lupino y Jack Palance. Direct.: Robert Aldrich.)

"Yo no siento que mis cosas tengan mucho que ver con el resto de la literatura latinoamericana. Mi gusto por los géneros desprestigiados -el folletín y la novela policial-no es común con nadie. He tratado y trato siempre de hacer una literatura muy discreta, una literatura que sea espectáculo; y cuando digo espectáculo estoy confesando mis sinceras intenciones de escribir para agradarle a quien, supongo, tiene mis mismos gustos. No hay elección: uno escribe sobre lo que siente como inevitable, como problema propio, como parte de sí mismo. No se puede escribir para demostrar. El olor a panfleto es horrible. Nunca comencé una obra diciendo: "Voy a escribir sobre tal cosa." Han sido, más bien, especies de obsesiones las que me han creado la necesidad de indagar sobre ciertos temas. Por ejemplo, en "La traición de Rita Hayworth" ha sido la obsesión de querer enfrentarme con mi fracaso, con las razones que me impidieron entrar en el mundo del cine, adaptarme a sus leyes, reconocer la realidad. La acción se desarrolla alrededor de ese chico que va al cine y cuenta las películas a quien lo quiera oír y, también, alrededor de los seres que tienen tiempo para escucharlo. Pero, al tratar ese tema, me quedaron en el tiempo una cantitad de personajes que me fascinaban y de los que tenía muy pocos datos: eran los triunfadores -la reina de la primavera, el médico del pueblo, los Don Juanes, los políticos-, héroes con los que construí mi segunda novela. "Boquitas pintadas". Buenos Aires fue mi tercera obsesión: en "Buenos Aires Affaire" trato de encarnarla en personajes. Elegí la novela policial porque creí que era la forma que más se avenía a su contenido: tenía la sensación de una Buenos Aires reprimiendo una gran violencia. ¿Cuál será mi próxima obsesión? No sé, ¡pero ojalá que sirva para hacer una comedia musical!".

DE AQUI A LA ETERNIDAD
(Deborah Kerr, Burt Lancaster y Frank Sinatra. Direct.: Fred Zinnemann.)

"Después de tantas vicisitudes existenciales, de tantas vicisitudes editoriales (cuatro editoriales me rechazaron en España y Argentina, seis en Estados Unidos, cuatro en Italia, dos en Brasil, cinco en Alemania, cinco enInglaterra, etc., el final feliz me recuerda el film "Adiós, Mr. Chips", en el que el pobre maestro -Robert Donat-, viejito y olvidado en la pobreza, es rescatado, de pronto, por aquellos niños -ahora ya adultos- que él había cuidado con tanto amor, sacrificando su felicidad. Entonces, yo tenía razón. Hollywood no miente.
¡Hollywood me dijo la verdad! The end!"





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ON BEING MORALY CORRECT

Juan Goytisolo: Manuel Puig.

Publicado en: El País, 27 de julio de 1990. España.


A mediados de los sesenta, cuando ejercía mis modestas funciones de lector de español en la editorial Gallimard, recibí una visita del cineasta Néstor Almendros. Llevaba bajo el brazo un manuscrito dactilgrafiado y lo puso en mis manos diciendo: "Es la novela de un amigo argentino que trabaja de steward en Air France. Léela. Estoy seguro de que te gustará." Nestor, como siempre, tenía razón.Pocas veces en mi vida he calado en un texto literario de un desconocido con tanta sorpresa y delicia. Al cabo de lectura, tenía el pleno convencimiento de hallarme ante un auténtico novelista, atrapado, como lector, en las redes de un mundo originalísimo y personal. Escribí inmediatamente a su autor para comunicarle mi opinión y darle la buena nueva de que Gallimard editaría el libro.Pero éste planteaba un problema: el título. Manuel Puig -que luego destacaría en la elección de títulos brillantes y a veces geniales- había confiado el manuscrito a Néstor con una docena de ellos, provisionales y de escasa enjundia. En su respuesta a mis líneas -que, desdichadamente, no conservo-, el novelista me resumía la educación sentimental de su protagonista y mencionaba la impresión causada en él por "la traición de Rita Hayworth". La frase me cautivó: tal era, debía ser, el título. Así éste fue obra de Manuel Puig, pero descubrimiento mío. Una vez firmado el contrato de la edición francesa, aproveché uno de mis viajes a Barcelona para llevar la novela a Carlos Barral. "Te traigo aquí el próximo premio Biblioteca Breve", le dije. La cara de Barral, de ordinario amena, expresó el semblante desapacible de quien acaba de recibir una mala noticia. Su actitud -el escasísimo entusiasmo de mi hallazgo- se aclaró semanas más tarde a raíz de la concesión del premio. La traición de Rita Hayworth no fue premiada y, lo que es más lamentable aún, Barral no quiso publicarla siquiera.Su impresión personal de Manuel, quien, ingenuamente, había corrido a verle a Barcelona en calidad de finalista, fue tan negativa como tajante. Con su probado olfato literario, decidió que aquel argentino afeminado, vulnerable y frágil no era un escritor digno de figurar en el prestigioso catálogo de la editorial. La novela se publicó en Buenos Aires, en donde obtuvo el éxito que merecía.Pese a la excelente acogida de sus primeras novelas por parte del público y la crítica, los sinsabores político-literarios de Manuel no cesaron. En una época en la que la imagen de Latinoamérica como continente en lucha convertía plumas en metralletas y a los escritores en portavoces de la revolución en marcha, una figura y obra como las suyas suscitaban recelo, desdén y rechazo. La ex compañera de Julio Cortázar vetó la publicación de El beso de la mujer araña en Gallimard porque dañaba sin duda la consabida imagen del militante machista-leninista al presentarlo enternecido y cautivado por las artes de Sherezada cinematográfica de su compañero de celda apolítico y homosexual. Desde los mismos supuestos moralizadores y sectarios otras editoriales europeas de izquierda siguieron su ejemplo. Con todo, el error no podía ser más grosero. Del mismo modo que dos poemas sobre la guerra civil del menos politizado de nuestros poetas del 36 -me refiero a Luis Cernuda y sus admirables Elegías españolas- son los únicos que pueden leerse hoy con emoción en virtud de su hondura y distanciamento, Manuel Puig es el autor de las mejores novelas políticas e la década de los sesenta en Latinoamérica pues son obras de un escritor que desconocía otro compromiso que el que había contraído con la escritura y consigo mismo. Pubis angelical y El beso de la mujer araña reflejan con una penetración y rigor moral ejemplares el sistema de terror impuesto por la Junta Militar argentina y la lucha bienintencionada pero ineficaz de los grupos extremistas latinoamericanos de las pasadas décadas, grupos situados, como dijo Octavio Paz, "en las afueras de la realidad". Camparémoslas con el Libro de Manuel o cualquier obra políticamente comprometida y advertiremos la diferencia entre quien acertó en el clavo y quien se espachurró literalmente los dedos.Este apoliticismo aparente de Puig -condenado entonces por la mayoría bienpensante de sus colegas- le evitó no obstante caer en la trampa de quienes celebraron el retorno de Perón como un primer paso indispensable al triunfo de la revolución en Argentina. Recuerdo sus comentarios a un artículo sobre el tema publicado en Le Monde por uno de sus colegas: "Mis paisanos están locos. ¿Cómo puede haberse vuelto de izquierda un señor que se ha pasado veinte años en la España de Franco leyendo el ABC todos los días?" Su elemental sentido común le permitía ver lo evidente. Como sabemos, el retorno del General a Buenos Aires no consagró el triunfo de Marx sino el de Valle-Inclán y su visión esperpéntica de la historia: meses después de este magno acontecimiento, Argentina era gobernada por un ex cabaretera y un astrólogo. Una nueva prueba de la inteligencia e integridad de Puig, la tuve la última vez que le vi, a fines de mayo o primeros de junio de 1982. Yo estaba en Berlín, disfrutando de una beca de la DAAD y él había tenido para participar en los festividades de horizonte-82, centradas en torno a Latinoamérica. Era el momento de la guerra de las Malvinas y la colonia de exilados argentinos y otros países ispanohablantes había redactado un manifiesto de condena al imperialismo inglés y su agresión a una nación hermana. Recuerdo que cuando me presentaron el documento me negué rotundamente a firmarlo. Tanto cuanto el golpe fascista contra Makarios y su consiguiente amenaza a la población turco-chipriota provocó la intervención militar de Ankara y la caída del siniestro régimen de los coroneles griego, tanto más la aventura descabellada de los militares argentinos en la las Malvinas y el envío de la Armada británica iban a originar el desplome de la sangrienta Junta de Buenos Aires. La previsible derrota de los espadones era una bendición para sus compatriotas pues debía liberarles de su yugo e imponer el retorno a la democracia. Algo tan sencillo y claro no cabía sin embargo en la cabeza de muchos obnubilados patriotas: uno tras otro se sucedían en la tribuna de Horizonte como en un púlpito o barricada desde los que sus voces de patria o muerte (sin que ninguno de quienes las proferían se enfrentara, que yo sepa, a tan terrible dilema) arrancaban salvas de aplausos.Llegó el turno de Manuel con las inevitables preguntas sobre la guerra. Adoptó con humor un tono entre familiar y comedido, sabia mezcla de comadre de pueblo y de alumna del Sagrado Corazón: "¿Qué son las Malvinas? Cuatro islas desiertas que descubrió un barco inglés que, por puro capricho, plantó su bandera en ellas y allí se quedaron los marinos con unas cuantas ovejas y nada más. Pero, como en la Argentina nos han dicho siempre que las islas son nuestras, las cantamos en nuestros himnos y escuelas y todos tenemos una prima que se llama Malvina, nos lo hemos creído de verdad y las hemos liberado. Pero esa Mrs. Thatcher, tan antipática ella, no ha comprendido nuestros sentimientos y ha enviado su Armada. ¿Qué va a pasar? Yo no lo sé. Pero una vecina mía que, como yo, tampoco entiende nada de política, me dijo "eso de recuperar las islas me parece bien; pero si los militares tienen éxito, creo que se quedarán en el poder no diez sino doscientos años". Un silencio incómodo premió sus palabras. Manuel no podía haber dicho mejor cuanto había que decir y, después de tanta retórica huera, su ironía y honestidad fueron una corriente de aire fresco: la voz desmitificadora del niño en el cuento de Andersen. En la hora de su muerte quiero recordar así no sólo al gran escritor que fue sino también al tenaz defensor de los derechos de las mujeres y homosexuales en un mundo ferozmente machista y a quien, con entereza y dignidad, supo descernir y captar la realidad a pesar de las brumas del miedo y los ojos vendados de las ideologías.



Este artículo forma parte de:

la investigación realizada por Julia Romero, investigadora de la Universidad Nacional de La Plata (Argentina)